león en verso
Sanvalentines en el diván
Médicos del desamor descubrieron un muro de Berlín en la azotea para que cada cual exhiba sus recursos creativos, su capacidad de aguante o, mejor, se apoye en plan adolescente, con las manos en los bolsillos y una pierna recostada en la pared, a recrear la vista, hasta que llegue el siguiente desengaño. No estaba en las cartas de los sufridos romanticistas a sus amadas, pero hay un filtro, ahí, arriba, que regula el equilibrio del mundo; entre los entregados, los deslumbrados por el chispazo, los muertos de amor en vida, los que tendieron la herida al sol, los resabiados, los profetas del ya os lo dije yo, que no iba a acabar bien. Menos mal que no nos casamos, explica casi todos los desajustes entre lo que podía ser y las promesas marchitas que no aguantan el envite de la primera primavera. Pues todo, todo el paso que embute las emociones, se explica por la corteza prefrontal; que, a veces, se bloquea, porque el sistema límbico reacciona al chas de la puerta del bar, el pálpito en el ascensor, al disimulo tras la computadora, y manda un timbal de química que bloquea el raciocinio que interpreta en pleno desempeño de funciones la corteza prefrontal, la sala de máquinas que pone rumbo mar adentro. Al final, te enteras de que, aquella vez que lo dejaste todo, fue porque la corteza prefrontal estaba mística y, tú, aloriado, porque la química es peligrosa fuera del laboratorio. El amor, cuando llega, es ciego; pero cuando se va, escupe llamaradas de lucidez por la boca, explican junto al diván que trata el mal de amores, para dejar a los poetas sin clientela y a las abuelas sin discurso objetivo con ese machacón de las flores entre zarzas y espinas. Sabina resolvió el asunto sin pedir hora en la consulta, cuando redondeó la pieza con el agua apaga el fuego y al amor los años... y cada vez más tú y cada vez más yo, sin rastro de nosotros. Y sin embargo, hay un ejército dispuesto a repetir el ritual esta misma semana, con el patrón de las emociones colgado en el balcón igual que papá noeles, a la espera de saltar sobre la sala de estar donde algún enamorado con la corteza prefrontal bloqueada se deje llevar por el chispazo, por esa sensación loca que lleva a tocar sin rozarse.