Diario de León
Alfonso García

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«Olvidar la historia de un país es negativo, pero tergiversarla es aún peor». Lo decía recientemente en una entrevista Javier Rodríguez, decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de León. Y lo decía al hilo de esa idea, bastante frecuente, de que muchas personas amparan su desacuerdo en temas que desconocen afirmando al interlocutor: «Esa es tu opinión». Barbaridad ante datos cuya veracidad no depende de opiniones. «Esto no es así. Nunca lo había oído, así que no es verdad», suprema referencia de la ignorancia y la estupidez, como es también el máximo y sagrado argumento de autoridad, cada día más en vigor, el «te lo digo yo». Ante la irracionalidad que quiere abrirse paso como razón en hechos recientes de la historia, «se hace cada día más necesario —palabras textuales de Javier Rodríguez— el papel de los historiadores en la sociedad que, en el ejercicio de su profesión, realizan un análisis crítico de las fuentes historiográficas». No vale el «Bueno, depende…». ¿De qué?

Parte de esta actitud llega desde el igualitarismo, que, tergiversado y elevado a la categoría de la permisividad y del todo vale, parece que ha entrado en el camino de lo peligroso, puesto que en general da paso a los populismos. Aquí la argumentación —lógica, ilógica, razonada, caprichosa sin fundamento, empoderada pero lejos del conocimiento…— se convierte en relato, tan de moda, incluso marcando tendencia por intereses de rangos muy diferentes y a veces poco confesables. A veces, eso sí, tras una ligera, o no tanto, advertencia de que la nariz de Goebbels acecha en no pocas esquinas. El repaso de la historia nos acerca a veces a espacios donde reina la estupidez: se da la peligrosa paradoja de que en nuestro propio parlamento se admitan voces que van en contra de nuestro corpus constitucional, como la pena de muerte.

Las corrientes igualitarias que desde hace décadas recorren Occidente nos suelen someter al dictado de los más mediocres. Las élites gubernamentales —pueden leer El triunfo de la estupidez, de Jano García— exaltan las más bajas pasiones con el fin de generar una homogeneidad que arrasa la desigualdad natural. El resultado es, conforme a la tesis que defiende el autor citado, «una sociedad envidiosa, fanática y orgullosa de su servidumbre voluntaria a unos políticos que conocen la limitación intelectual de sus votantes. De esta forma, la belleza, la sofisticación, la meritocracia y la justicia han sido sustituidas por la vulgaridad de la masa». ¿Será cierto lo que afirma Rosa Montero de que «nuestra sociedad se está suicidando, por medio de la ignorancia»?

Aquí el que no sacude es porque no quiere. En todo caso, puede y debe quedar espacio para la reflexión. Suele ser un punto de encuentro.

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