Diario de León

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A lo largo de los años le he dedicado varias columnas al gazapo, en sus diferentes posibilidades… escrito, hablado o mediopensionsita; nunca desde la superioridad de quien no los comete, sino desde la experiencia de convivir con ellos. El error ha sido y es mi okupa. Dicho esto, mejor escribir amor con hache —uf— que no saber amar. Cuando escribo una columna la despido en la puerta del correo electrónico: «Llama al llegar, cepíllate los dientes, cuidado con las comas…». Luego sale el sol por Antequera. Hasta los más grandes se equivocan, y casi todos somos pequeños. Ayer leí un opúsculo cervantino de un maestro de la filología española, don Dámaso Alonso; en la primera página, creí detectar un error ortográfico. Exclamé: «¡Horror, pobre don Dámaso!! Me imagine sus tierra trágame, su congoja por los pasillos de la Academia. Falsa alarma: era un adverbio de tiempo que hoy escribimos junto, pero también es correcto escribir separado. Menudo susto. Pero bien mirado… es decir, con generosidad… ¿habría tenido importancia si el gran don Dámaso hubiera cometido un gazapín ortográfico? No. La calidad de su texto ha permanecido intacta en lo esencial —fue escrito en 1969—, incluso el paso del tiempo lo ha impregnado de nueva pureza.

Algunos, en cambio, le debemos a nuestros muchos yerros lo poco que sabemos. Semanas atrás, se me acercó una mujer para que le firmase un libro de ya hace unos años. Enseguida detecté que el ejemplar pertenecía a una partida de ejemplares que salieron con erratas. Le dije: «Perdona, si quieres te lo cambio por otro que no las tiene…». Me sonrío con dulzura: «Ya las he visto». Y apretándolo sobre el corazón añadió: «Así me gusta más». Generoso gesto, que me conmovió.

El yerro es humano, lástima que los inhumanos no suelen fallar en su maldad y además nunca descansan. Por ello, votarlos —cuando ya sabes que lo son— es mucho más que un error. Que el presidente de Estados Unidos desprecie en público al presidente de Ucrania, país invadido, país heroico y mártir, no cabe disculparlo como mera falta de tacto. Si el corazón de un gobernante tiene hielo en primavera no será por despiste, sino por arrogancia; por cierto, defecto frecuente en los ignorantes con poder.

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