AL TRASLUZ
El monstruo vacío
No se me ocurren motivos legales para que se impidiera la publicación de El odio, el libro sobre José Bretón en el que confiesa el asesinato de sus hijos; mis reparos para no comprarlo ni leerlo eran morales, éticos y literarios. Me alegro, la editorial ha decidido no sacar el libro. Los asesinó por odio monstruoso, aunque él argumente —¿?— que fue para liberarlos del futuro «terrible» de crecer con la familia de su mujer. «No sufrieron», asegura. Aunque al escritor le asiste la libertad de expresión —limitada por la verdad de los hechos y de la de los demás—, me repugna el hecho de que el libro hubiese generado beneficios económicos; y que formase parte de la estrategia de Breton para obtener futuros permisos. Capote logró con A sangre fría una obra maestra, una historia real sobre una familia cuya única culpa era ser felices y haber despertado el resentimiento de dos desconocidos, que venían siendo desdichados desde su infancia; aquel libro le aportó una enorme riqueza, pues fue un éxito mundial… pero también su destrucción interior, como él mismo admitiría años después. No quiso publicarlo hasta que el caso tuviese un final definitivo: la absolución, la aplicación de la pena capital o una cadena perpetua… pero hubo largas alegaciones… y mientras tanto estableció amistad íntima con uno de los asesinos, construida sobre dolorosas paradojas de atracción/repulsión: piedad tanto por las víctimas como por sus asesinos, deseo de que no fuesen ahorcados, pero también de que el caso —fuese como fuese— terminase de una vez y así publicar el libro… También Capote ocultaba heridas de amor no recibido… pero con ellas escribió conmovedores cuentos de Navidad.
No estaríamos hablando de esto si se tratase de un informe psiquiátrico, jurídico o criminalístico, para profesionales… pero estamos ante un negocio, incluso aunque esté bien escrito e ignoro si lo está. En el interior de este asesino no hay nada, material escaso para dotar de interés a un ser real, sin el «empujón» de la técnica narrativa. Carece de matices, que sí tienen muchos de los malvados de ficción. Prefiero al monstruo irreal, pues no suele conseguir sus objetivos. Bretón es una aberración y como personaje no da ni para un microrrelato, pese a su inmensa y viscosa maldad.