al trasluz
Amar sin aranceles
Nunca se me ha dado bien la contabilidad convencional, pero hay otras muchas maneras de contar con las que apañarse. A las pocas semanas de haber llegado a León ironizaba cuando iba a Madrid: «Creo que cinco de cada cuatro leonesas están enamoradas de mí, pero aún no se han dado cuenta». Aún cuento con los dedos. Sin embargo, todo esto de los aranceles de Trump lo he entendido a la primera, no por Pitagorín tardío sino porque sé que la arrogancia del presidente estadounidense no es de ciencias ni de letras, sino la ancestral opereta del aprendiz de dictador. El fallo de cálculo de sus votantes ha sido creer que no mordería la mano que le votaba… pero también lo hará. Visto lo visto, he decidido endurecer mis propias fronteras de acceso personal: al homofóbo, racista y/o machista, al nacionalista visceral no les dejaré ni acercarse. Vivo sin aranceles. Llevo en mi corazón un gran cartel que proclama: «Reservado el derecho de admisión». Ahora bien, tengo unos mínimos no negociables. En mi vida se perdona y se es perdonado, hay lugar para la esperanza y la compasión… se gana y se pierde, se valora la bondad... y el dinero no es la medida de los derechos humanos, pero tampoco la raza. No soy un caso aislado, creo que la mayoría de las personas nos regimos por estas normas. No es santidad, sino decencia. Muchos amamos sin aranceles.
Ah, el dinero. Esa cosa. De contable de la mafia habría terminado con los pies en un bloque de cemento, en cuanto advirtieran de que cuento con pollitos. Así me lo enseñaron de niño y a mí aún me sirve. Pero mi corazón no necesita calculadora. Como cantaba Roberto Carlos: «Yo quiero tener un millón de amigos». Me apaño también con menos, sin son de verdad.
Aunque todos somos sensibles a la afinidad, lo distinto nos enriquece. No es necesario ser gemelos para percibir al otro como prójimo. Puede y debe haber una gran economía humanitaria; ¿acaso no se rigen por ella la mayoría de los hogares? Nuestros padres lo hicieron. El odio no es nunca energía constructiva, sino lastre destructivo. La fraternidad no es de sociedades débiles, nos fortalece. Y si alguien no lo percibe así… pase de largo… porque en mi corazón nunca entrará, ni siquiera pagando aranceles.