CORNADA DE LOBO
El sietecolores
Pensad una lista local o global de pajarracos y pajarines, propuso Peláez, recordando que así tituló Passolini su película, «Uccelacci e uccellini», 1966 era, en la que un cuervo que sabe hablar dice ser un intelectual marxista y sostiene que el mundo está dividido en dos campos, en uno habitan los pajarracos y en el otro los pajarines; y se cuenta ahí la misión que tienen dos franciscanos de aprender la lengua de halcones y gorriones para intentar convertirles a la tregua y al amor, misión imposible hasta para Tom Cruise. Película de volver a ver. Y con estas invitó Peláez al corrillo, sumándose la mesa vecina, a elegir al pájaro más guapo y, por contra, al más feo de cuantos aquí podemos ver entre residentes y estacionarios, es decir, entre transmigrantes (la mitad) y empadronados (el resto). Feo no hay ninguno, se ofendió Otavito, hasta el cuervo tiene gracia con sus brillos de antracita... o el buitre carroñero con corpachón imponente de vuelo altanero y vago. Sólo por volar todo pájaro es bello dándonos mucha envidia con su gran panorámica. Y pidió votos. Sócrates eligió el primero y por guapo insuperable puso al treparriscos que abre sus alas en abanico pareciendo una gigante mariposa rojinegra y por ser parábola del político trepa, el que en modo quieto, como este pájaro, es gris; y por feo votó al grajo de vertedero porque le recuerda a Alvise. Puso Peláez de ejemplo feo al picozapato africano por olerle la boca a pies como a Netanyahu; y de guapo, al carpintero verde o relinchón de gorrita roja, un picamaderos bien chulo. La mesa de al lado puso de feo al mochuelo porque les recordaba a un concejal del Rabanedo que estaba siempre al ratoneo; y de guapo, al abejaruco con toda la paleta del pintor en sus plumas. Otavito no dudó, el feu ye el graju vuelabaju y ningunu más guapu que la oropéndola con su exóticu amarillu chillón, como una que vio en Mansilla, dijo (amarillo, ya; ¿y por eso no te caía tan mal el Trump chillón?, atizó Sócrates). Y ahí fue mi voto: ninguno más bello que el jilguero, sietecolores lo llaman en Palencia y chardonneret élégant en Francia; y de feo, al «santi abascalensis», vaya pájaro.