Diario de León

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A veces, dicen, solo la muerte es capaz de iluminar una vida. Con frecuencia la vida se convierte en rutina y es entonces cuando perdemos ciertas perspectivas, recuperadas, posiblemente enriquecidas cuando llegan los tiempos de las ausencias definitivas. Empieza entonces una difícil recomposición/reconstrucción del mapa de afectos, dispersos, entroncados sin embargo a tiempos compartidos y experiencias que hermanan. No otra cosa es más que una fluencia interior que enriquece. Una buena parte de la forja de nuestra personalidad está en las aportaciones de los otros.

Uno tuvo la suerte de la cercanía de Fernando, que, recurriendo con el tiempo a los vericuetos de la memoria resultó ser nieto de aquella entrañable señora Julia llegada de Extremadura a estos pagos mineros y con la que coincidía cada vez que llevaba a la mina la comida a mi padre. Qué delicia de entrañable proximidad la de aquella mujer, siempre atenta a todo y a todos. Dejó esa muestra delicada en su nieto, con el que me encontré durante años al final de Salinas, entre huerto y casa que comparten lindes, siempre dispuesto él a la ayuda, a compartir la palabra, la ironía y la risa abierta. Ese sentido de la cooperación, en él tan arraigado, que proclama que la ayuda del vivir es saber compartir el tiempo. Esa fortaleza de las convicciones empezó a crecer, según la humilde, velada confesión en la infancia de un internado de los sesenta. Rico, además de afectos por la presencia notable de los que fueron sus compañeros de entonces en la despedida del pasado 22 de febrero.

Desde las convicciones a la disposición y ayuda en el entramado de lo común, asunto tan raro si del desprendimiento intacto hablamos. Generosidad la que no espera nada a cambio. Desbroces, encauzamiento de aguas, limpiezas varias… Sin aspavientos ni proclamas. Ayudante esporádico de Pelayo Hernández en la ingente labor que este llevó a cabo en la mayor obra civil de los últimos tiempos. A puro güevo, a pura generosidad silenciosa. Sin nada a cambio. Cuando se los ponía, Fernando dejaba los guantes a la hora de vestir el mandil de la cocina, donde manejaba con éxito los hilos, probados y compartidos con un golpe de vino en plena calle. Después nació un grupito de algunos sábados de verano para compartir mantel al aire libre, y, sobre todo, amistad. Siempre fue el rey de la reunión. Simpático hasta decir basta. Provocador de la risa fraterna sin límites ni fronteras. Tertuliano agudo, fresco. Un gran tipo, eso que en la nomenclatura de las excelencias llamamos un hombre bueno.

El amor lo empadronó en Santa Lucía. Abrió las puertas de otra familia legendaria, y nunca mejor dicho, los Cachafeiro, y se forjó una historia propia y rica de ilusiones. La vida después, ay, la vida.

Hoy, a casi dos meses de su ausencia, inesperada al menos para mí, siento el dolor de escribir su nombre. Pero, al mismo tiempo, su contenido enriquece y alienta. Gracias, amigo.

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