Diario de León

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A veces los escritores universalizan pueblos y ciudades, aunque no se expliciten nombres, calles, plazas ni otras referencias. Es importante subrayarlo en tiempos de modas innecesarias, que, por repetición cansina en una y otra parte, se suelen convertir en verdaderas horteradas: mercado medieval que supere al del pueblo vecino, desfiles romanos, murales de muy dudosa calidad en lugares imprevistos, letreros con el nombre del pueblo no se sabe para qué… Una copia de la copia que, a veces, nos conduce a visitar ruinas, incluidos edificios históricos, si entramos en la población pregonada con letras de colorines o asentadas en lo que dicen belleza del óxido. Parece haberse olvidado aquello de «la imaginación al poder».

No es el caso de La Robla, ni mucho menos, que ha ganado mucho en los últimos tiempos en modernización, calidad y espíritu de superación, hasta convertirse, a mi juicio, en el modelo y la vitalidad de la cornisa del Bernesga, cuyos municipios más al norte siguen en el declive más penoso, en parte debido a la inacción, desinterés y falta de iniciativas de sus mandatarios —también aquí hay grados y matices-, sin olvidar la crisis general que los golpea como áreas rurales y de montaña.

A todo ello La Robla puede, creo, añadir la que hoy puede considerarse riqueza literaria, con dos nombres, que, con la cronología que los separa, conforman una obra de notable calidad. Josefina R. Aldecoa y Oscar García Sierra. Si la memoria no está aliada con ciertos desbarajustes que sobrevienen con más frecuencia de la deseada, el próximo año se cumple el primer centenario del nacimiento de Josefina (1926), fecha que podría convertirse en referencia, ahora que queda tiempo suficiente para los preparativos necesarios.

La obra de la escritora roblana es amplia y significativa. Hay donde elegir para crear un escenario, un itinerario que memorialice literariamente aspectos de la localidad y/o la comarca. Desde las referencias paisajísticas o estacionales hasta, por ejemplo, la revolución de Octubre vivida en un pueblo minero, donde «la sirena sonaba como el lamento de un animal prehistórico» en Los Valles, topónimo de gran valor. Me estoy refiriendo a Historia de una maestra, una de sus obras emblemáticas y significativas en el devenir de la historia de nuestra literatura.

Oscar García Sierra es muy joven (1994), pero sus dos obras, al menos que yo conozca, Facendera (2022) y Ropa tendida (2024) alertan de un magnífico narrador del que es necesario tomar nota por su voz singular, insólita y deslumbrante. El escenario fundamental de la segunda novela es La Robla, aunque hay otros, con la sucesión de un limitado tobogán de personajes encadenados que se mueven en muy determinados ambientes y circunstancias, en un momento en que la desindustrialización afecta a la localidad, simbolizada en la demolición de «dos chimeneas de la central térmica». En torno a este eje se puede dibujar el escenario.

Dos notables creadores, dos nuevas posibilidades.

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