CUERPO A TIERRA
Resurrección
Llegó la algarabía vegetal y humana de la primavera, con todos los verdes encendidos y el canto del cuco o cuclillo. Con el cuchillo de los escotes al sol, las mangas cortas, la juventud exhibiendo esa impúdica belleza suya que acaso aún no sabe que es belleza y que comenzará a declinar en cuanto lo sepa. Llegó la primavera repleta de promesas, ahíta de sueños, a llenar las plazas y a ocupar los bancos a la solana. A hacer bandera de reverdeceres, dejar que la luz nos pasee por el rostro, sentarse en las terrazas. Su ausencia la hemos sentido tanto o más que ahora su presencia. Crecieron los ríos, menguaron durante el estiaje, volvieron a su ser con las nieves. El ciclo continuo de las estaciones, entre otras cosas, nos ha permitido llorar la muerte del sol de invierno y, como cada año, cantarle al renovado sol que regresa para hacer reír a los campos —ninguna sonrisa como la de las humildes amapolas cuyos mohines al viento evocan los labios de las mujeres—, brotar a las fuentes y agostarse a las montañas. El tiempo del renacer por fin ha llegado y hasta a los que pilla con las defensas bajas han de sentir el impulso de su savia revitalizar sus enflaquecidos pasos.
El reconstituyente de esta vitalidad prestada, efervescente y juvenil, se aprecia en todo. Cantan los pájaros y uno llega a pensar que, cuando es primavera, hasta los peces van por los ríos silbando bajo el agua para que la algazara sea completa. El frío ya no se oye al salir al campo y aquí y allá despuntan los botones de las primeras flores, las peanas de los primeros nidos. El alma se esponja con la tierra ahuecada por las pimpantes semillas y se diría que ella también va entonando alguna jubilosa melodía bienaventurada.
El gozoso milagro de la primavera nos trasmite ese sentimiento incomprensible de la alegría porque sí, con su tropel de símbolos y emociones funambulistas que resultan árnica para el oso del corazón que se despereza tras un largo invierno. Saca flores de nuestras carnes y comparte el bullicio de un despertar eufórico que casi puede llegar a atolondrar nuestros sentidos con sus ofrendas y señales. En la inminencia de lo que acaso jamás será, en esa víspera de indomables ilusiones que, como casi todas, quizá acaben resultando de naturaleza pasajera, de alguna manera también nosotros resucitamos.