Diario de León

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Cuando Vargas Llosa vino a León una sola vez, no fue de invitado, fue porque sí, por querer conocer y de peatón sin galas. Se alojó en el Hostal; y llegando la hora de comer preguntó al conserje si había algún macdonal en la ciudad. Pordiós, don Mario, este hotel dispone de un magnífico Relais... y muy cualificado. Rehusó. Y se explicó: viajo por todo el mundo y no está mi estómago para averiguar peculiaridades, y como la comida de ese burger es la misma aquí que en Londres o Tokio, sólo juego a lo conocido y eludo riesgos; pídame un taxi. Traicioné esta confidencia que me hizo el recepcionista y así lo conté alguna vez por parecerme una anécdota oportuna que certificaba la sensatez del último e inmortal Nobel hispano.

De la literatura leonesa fueron pocos los escritores que mantuvieron contactos, y no más que episódicos, con Vargas Llosa, salvo mi hermano Andrés, que estableció con él una cercana amistad en los últimos quince años. Y suele decir Andrés que las dos mejores cosas que le pasaron en la vida se las debe a él. La primera, librarse de la mili gracias a la charla luminosa e intrigante sobre «Conversación en la catedral» que mantuvo con el comandante que revisaba su causa; y la segunda, el elogioso prólogo que le hizo (y no era de ello Vargas) a su «Quijote» puesto en lenguaje actual. Pero creo ver otra tercera en la página entera que le dedicó Llosa en el El País hace cinco años por su «Madrid», guía novelada de ancho lomo, declarando que si bien jamás había recomendado la obra de ningún escritor, hacía una excepción con él rogando la lectura de este librazo en el que Andrés se luce, y de qué modo. Y de una de sus varias cenas con sus respectivas (ahí la Preysler) no diré nada por ahora. Estaban en sintonía Mario y Andrés con paralelas trayectorias; los dos empezaron de comunistas confirmando aquello de «quien a los veinte no es de izquierdas no tiene corazón; y quien a los cuarenta sigue siéndolo es que no tiene cabeza». Mario era liberal en el sentido cervantino de generosidad, dice Andrés. Y algo acémila será, digo yo, quien por roma o picuda deología les niegue una obligada y nutritiva lectura.

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