Diario de León

CANTO RODADO

Contorsionismo en el Vaticano

A muchos cardenales les espanta oír a una mujer, igual que a Trump si se trata de una obispa llamada Mariann

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El mundo ha parecido dar un vuelco en menos de una semana. O tal vez solo ha sido un breve giro de contorsionismo para proyectarse desde el féretro de Francisco como un espejismo. La paz ha sonado entre la salve y los salmos entonados en la plaza de San Pedro del Vaticano. El eco de la voz de Francisco, que dejó escrito que el mundo siempre es peor después de una guerra, de todas las guerras, arrancó los aplausos del público, aunque las filas de los mandatarios quedaron inermes bajo sus máscaras, impasibles bajo los velos rescatados del baúl de nuestras madres por las primeras damas, desde Melania de Estados Unidos a Letizia de España, aunque me temo que los que aquellas llevaban a misa —recuerdo a mi madre cuando yo era una cría— no tenían el apresto ni el precio de los encajes que han cubierto las testas de estas reinas.

Ojalá Trump y Zelenski se hayan mirado de verdad a los ojos y hayan visto la muerte en sus pupilas. Un cardenal les puso las sillas para representar el acto de lo que se viene anunciando con tambores de guerra en las últimas semanas. En sus miradas están sepultadas las víctimas de una guerra que se disfrazó de justicia frente al Putin invasor.

No hubo lugar para que Trump se mirara en los ojos del genocidio en Palestina, allí donde el señor de la cabellera pelirroja —que no fue de luto al Vaticano, sino de un azul marino— ve playas extensas para el turismo tras la expulsión, con aniquilación incluida, del pueblo palestino, donde los muertos que caen también son nuestros, de nuestras balas asesinas.

Cuentan que Francisco, incluso cuando estuvo hospitalizado, no dejó de llamar ni un solo día al único párroco católico de la franja de Gaza.

Desde este domingo, la tumba de Francisco será lugar de interés turístico también. Un espacio de culto para sus admiradores. El mundo volverá a estar en vilo con las intrigas del cónclave para elegir al nuevo Papa y pasar página.

La gran interrogante es si el elegido continuará por la senda de Francisco o se saldrá por cerros ultramontanos. Si se ampliará el pequeño espacio de poder que Bergoglio dejó a las mujeres o se retrocederá para atrás con el tridente de los que se retuercen al escuchar la voz de una mujer, como los curas de algunos pueblos reniegan de contratar los servicios de limpieza para mantener las iglesias y reclaman que frieguen las mujeres, como toda la vida.

Las mujeres son la gran asignatura pendiente de una iglesia que ha alabado y ensalzado su papel bajo los roles femeninos atribuidos a la virgen. Pero la iglesia católica aún no está dispuesta a romper las costuras de un ministerio al que se aferran los hombres. Un poder que cada vez estará en menos manos. La mayoría de los cardenales no quieren a las mujeres vestidas de purpuradas ni de sotana negra. A Trump le hacen gracia las mujeres no estereotípicas y menos si es una obispa (protestante) llamada Mariann Edgar Budde.

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