Abril, nevadona
De siempre se habló en esta tierra de «la nevadona de abril» por ser un precepto antiguo de este clima «sólo apto para bueyes y canónigos», que dijo el poeta bizco. Y claro que volvió este año la nevada tardía, aunque no tan nevadona, y en Semana Santa, dando al papón aterido e impenitente mayor disculpa para azufrarse, ¡copalante! Amaneció la Pascua con el rosario de nuestras cumbres montañosas revestido con túnicas blancas echando glorias a las nubes y resucitando la vieja costumbre, aplazando de nuevo la muerte con un ¡detente, desierto, que esta puerta aún la cerramos!... y mandando a las riberas un viruji helado que mandó echar más leña a las lumbres.
Quien quiera ver en estas rutinarias nieves que lo del cambio climático es conspiración falaz de wokistas, allá él y su necia ceguera. Digamos que también podría entenderse como una ralentización, que no aplazamiento, del paranoico clima que hemos ido creando y haciendo crecer todavía cuando ese quinto jinete del Apocalipsis apellidado Trump en pura trompa insiste en lo de ¡perforad, perforad, malditos!, petróleo voraz para ahumar el aire infectando el cielo, cagüen su estampa. Y también es cierto que no por rutinarias las nevadonas de abril acontecen cada año. Se espacian lo suyo en mi memoria, cada dos, tres o cinco se personaban, así que recuerdo unas cuantas, sobre todo las que me sorprendieron junto al río pescando en las aguas canosas de deshielo en el alto Esla o el Yuso a pie de montaña. Dos de esas jornadas fueron de cesta gloriosa: un Viernes Santo en Las Salas y un 1 de abril en Pedrosa del Rey. Porque no sé qué tiene el trapear copos sobre el río, que a la hora de la pluma las truchas se volvían locas. ¿Es que creían quizá que caían mosquitos en nube como en aquellos serenos del Órbigo en agosto lloviendo ese insecto alado que aquí llaman pallareta?... Hasta dos capturas a la vez arrastraba la cuerda a la orilla. Y era un no cesar en dos o tres horas inquietándonos que compareciera el guarda a dar cuenta y denuncia por el exceso de capturas al que empuja la codicia innata del pescador idiota... y confieso que en algún caso lo fui.