Diario de León

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Aunque en los apócrifos figuran otros, consumados de niño, y no siempre de carácter loable, el primer milagro que figura en el evangelio de Jesús se realiza a petición de la figura materna. La multiplicación de los panes y los peces es un encargo de María. La madre como motor capaz de sacar lo mejor de sus hijos es una figura que, aunque algunos la consideren antigua por patriarcal, sigue teniendo plena vigencia en nuestros días, más que nada porque al poli malo se le teme y al poli bueno se le presta atención. Son roles susceptibles de intercambio, se dirá, y es cierto, pero tan arraigados que casi siempre van juntos, independientemente de quién ejerza cuál. Como caras unidas de una moneda que lleva acuñándose milenios entre las tribus de los hombres. La cuestión es que, sea del sexo que sea, madre todos tenemos y, en la mayoría de los casos, la recordamos como nuestro primer amor. Y no por ser carne de su carne. Quizá porque nos hablaba con una dulzura que nunca volvimos a conocer, quizá porque con razón o contra ella siempre estaba de nuestra parte. Esto último, conviene no engañarse, es una experiencia única e intransferible que jamás ha de volver a encontrarse en la vida y todos cuantos la buscan están condenados a fracasar en el intento, a vagar entre amores frustrados o a visitar el diván de las ciencias de la mente. La imagen más poderosa a la par que delicada de esa dulzura materna, para mí, nos la ofrece Homero, quien desde la Edad del Hierro nos narra epopeyas pasadas que proceden de la del Bronce. Nos informa el aedo sobre Anticlea, la madre de Ulises u Odiseo, y nos cuenta que de niño le llamaba por todos sus nombres, que solo ellos dos conocían. Nadie volvería a pronunciar jamás esos apodos en los oídos del héroe. Ella, además, moriría de pena por la ausencia provocada por sus interminables viajes. Quienes conserven la fortuna de una madre, cuando se acerca la efeméride más vana del calendario ?vacía porque de aquella proceden todos y cada uno de nuestros días?, tienen la ocasión no solo de recordar esas palabras susurradas a su oído en los lejanos días de la infancia, sino la de ser ahora ellos los que le devuelvan unas cuantas frases dulces y espesas como la miel, unas agradecidas y colosales migas de amor y luz.

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