Al trasluz
Mordaz y frágil
Me gustan la ironía, la retranca y el retintín… pero rara vez la mordacidad, a no ser que vaya acompañada de otro registro que la humanice; y no ha habido autor más mordaz que Quevedo, ni con tanta riqueza de sensibilidades. Estoy disfrutando con la lectura de Huye la hora, la antología poética de don Francisco que han editado los filólogos Fernando Plata y Adrián J. Sáez. En mi biblioteca, los libros de Cátedra —como los barbas azules, de la RAE— tienen su propia balda. Ya saben: clásicos de bolsillo, color negro en la cubierta y letras blancas…, la prestigiosa colección Letras Hispánicas; visualmente, son plañideras enlutadas, pero la luz la llevan dentro. Esta antología no se limita al poeta burlesco, nos permite disfrutar con más destellos suyos, intuir al hombre que sufrió en San Marcos.; ahí está la ternura estoica de «Retirado a la paz de estos desiertos/ con pocos, pero doctos libros juntos/ vivo en conversación con los difuntos/ y escucho con los ojos a los muertos». O los célebres versos: «serán ceniza, más tendrá sentido/polvo serán, más polvo enamorado». Intuye uno que a este madrileño además de cojear le apretaban los zapatos de la existencia. ¿Un sufridor necesitado de afecto? A mayores de su certero empleo del cuchillo de palabras, en el ataque y en la defensa, cuánta humanidad en su poesía sobre lo efímero de la vida. Pero de verme encarcelado, mejor que sea con Cervantes; este en Argel, intentó cuatro fugas. La acertada selección de la antología, pero también la introducción y sus notas críticas, ayudan a comprender que Quevedo fue mucho más que un brillante faltoso. Escribió tal verso: «¡Qué gloria, que el morir de amar naciese!». Y también estos: «Ya no es ayer; mañana no ha llegado/ hoy pasa y es y fue, con movimiento/ que la muerte me lleva despeñado». Titán mordaz, pero tan frágil. Recelo de las mordacidades, incluidas las propias, por lo que tienen de puerta a lo cruel. Y confieso que ayer me he preguntado qué sátira vitriólica habría escrito Quevedo sobre Trump, quien acaba de bromear —o quizá, no— sobre que él mismo es su opción preferida para papa. Fue escuchárselo y parafrasear para mí: «érase un hombre a un ego pegado/ érase un necio boca arriba…». Uf.