La democracia prostituida
Ha muerto Pepe Mújica, ‘el Pepe’, y nos dolemos de la pérdida de una figura política que ante todo fue persona. Un humano que pensó en el bien colectivo y que concluyó, tras su vida de militante tupamaru y de lucha armada como forma de liberación de las injusticias y la desigualdad, que son el amor por la humanidad y por el planeta la únicas verdaderas armas de transformación. Amor y naturaleza.
Un tipo muy consciente de que la izquierda está atrancada y se autoengaña con la palabra socialismo, mientras el capitalismo devora cualquier idea o práctica que se le asemeje. Un hombre que apeló a la pobreza como signo de libertad y al cambio cultural, el de las mentes, como el único camino del cambio. Esto lo saben muy bien los superricos o ultrarricos, la oligarquía tecnológica que ha tomado las riendas. El capitalismo no solo nos roba tiempo mientras creemos que ganamos dinero para comprar tiempo, sino que usa la tecnología digital para suplantar nuestro conocimiento y colonizar nuestra mente. Acongoja que se vayan referentes de la política en su sentido noble mientras el mundo se asoma al precipicio de la destrucción total por la codicia del neofascismo extractivista. El tráfico de drogas, el tráfico de armas y el tráfico de personas son los tres negocios más lucrativos del planeta. No sabemos muy bien por qué orden. Pero todos se basan en la sangre y la indignidad humana. Drogas que matan o hacen esclavas a millones de personas, armas que matan y convierten a niños en asesinos, personas, pricipalmente mujeres y niñas, que son mercancía para satisfacer la idea de poder (perversa) de hombres ‘normales’ y ‘corrientes’, los Pelicot españoles, franceses o de cualquier parte del mundo. Mújica, que tanto denunció la corrupción y la prostitución de la democracia, no atinó sin embargo a enfocar el problema e base de la explotación sexual. Habló en alguna entrevista de dar carnés a las prostitutas y asegurar su jubilación, es decir, regularizar la prostitución como el cannabis. Ahí, el hombre y el político, se equivocó al no ver en la prostitución la mayor clase de explotación humana en mujeres y niñas. Claro que hay que dar salida a las mujeres y niñas condenadas y atrapadas. Pero no como mercancía para satisfacer la idea de poder. La red de explotación sexual de niñas y adolescentes tuteladas destapa a un Estado cómplice del proxenetismo incapaz de proteger a las más débiles. Arrebatar el mercado ilegal de las drogas a los traficantes no es lo mismo que ‘nacionalizar’ la prostitución. ¿O acaso la compra y venta de armas a estados genocidas o para armar a grupos que velarán por los intereses es más ética que el tráfico de armas que se deriva de la industria armamentista? No prostitutir la democracia es luchar por la igualdad de los seres humanos y cambiar esa mentalidad que confunde el sexo con la violación. El Pepe lo entendería.