Cornada de lobo
Maltrato
Un pez en una pecera, un pájaro en una jaula, un hamster en su ruedita-noria, un perro o gato preso en piso chico, una tortuga volviéndose loca en una bañerita... ¿son víctimas de capricho, maltrato, secuestro, abuso?... ¿y qué libertad de selva y sol filtrado tiene una orquídea en un tiesto y en rincón o una madreselva en seto o jardinera?... ¿qué piensa una mascota de su dueña que se hizo animalista por tener de niña un pollito pintado de azul, después un gatito que meaba aguarrás y, al final, un perrito coñazo al que lava con champú todos los días, champú canino, naturalmente, como también es canino el psicólogo que ya se anuncia en medios por si el canelo confunde el norte con el sur o el lametón con el mordisco?... Pero hay amores que matan. Y no quiere creerlo el animalista compasivo o abrazaburros olvidando que a besos también se puede matar, por ejemplo, a un gocho; se tarda, pero al final el animal claudica enamoriscao, languidece melancólico, no come y la diña, lográndose así el mejor aturdimiento que la ley exige para su sacrificio. ¡Cuánto amor tenemos hoy a los animales! Pero a los nuestros; al resto ya pueden darle. ¿Y necesita una mascota el cariño a menudo exagerado y negado a la familia, cercanos o ajenos?... Todo por mi mascota. Y entonces vemos perros como bolas de grasa de puro zampar que arrastran su andar artrítico cuando podrían ir rodando, galgos que nacieron para largos campos lebreros en pisos de tres pasos y medio, mastines de genética secular para pastorear campas y peñas hoy atados o rabiados a la puerta de un chalet, setters presos con correa por el campo sin poder perseguir sus vientos, grifones que afinaron su raza para cazar en el monte y morirán sin haber visto un jabalí, un zorro o un tejón (salvo en «la 2», espanzurraos en la alfombra de la salita), perritas falderas que salen a la calle como muñequitas con lazos y gualdrapas pregonando un tren de vida que asombra al emigrante perplejo que vive de caridad pública o al tirón de pillerías... ¡ingrata suerte, maldito destino!, se dice, y cree que en su próxima reencarnación se pedirá caniche en Astorga o podenco en Alcorcón.