CANTO RODADO
El León inexplorado
El acto que se celebra cada año en la plaza de San Isidoro debería irradiar a otros ámbitos que enraícen esta tradición

El acto de lectura de los Decreta de 1188, a cargo de una treintena de personas, estuvo precedida por un breve discurso de Juan Pedro Aparicio
La lectura de los Decreta a los pies de San Isidoro ya es tradición, aunque no ha alcanzado la devoción suficiente entre una ciudadanía más dispuesta a devanarse los sesos en la intrincada final de liga de la Cultural y la Ponferradina. Los decretos que Alfonso IX dictó en las Cortes de León de 1188 tienen valor por su contenido, como una carta de garantías de la propiedad privada, la justicia y los límites al poder regio para declarar la guerra, y particularmente por la forma en que el monarca emitió estas leyes, al ser convocados a la Curia Regia todos los estamentos sociales del reino: privilegiados, nobles y obispos, y no privilegiados, el pueblo llano.
Alfonso IX, que había nacido en Zamora y era hijo de una princesa portuguesa, fue el último rey de León (también lo era de Galicia). Su legado se engrandeció cuando la Unesco lo inscribió el Programa Memoria del Mundo, porque documenta «la presencia del pueblo en la toma de decisiones» y constituye «el testimonio documental más antiguo del sistema parlamentario europeo».
Tuvo que removerse Roma con Santiago, o París con Madrid, para que el organismo internacional diera a León el título de Cuna del Parlamentarismo que los británicos, con su grandes habilidades para el comercio y la propaganda, habían arrebatado bautizando el palacio de Westminster como ‘la madre de todos los parlamentos’.
Como en todas partes, también en la pérfida Albión hay gente honesta. Los ingleses Abel Chapman y Walter J. Buck, que viajaron a la exótica España en 1871, y dejaron sentado en su libro ‘La España inexplorada’ que «el autogobierno y los derechos municipales fueron reconocidos por las Cortes de León antes que lo fueran en nuestra Carta Magna».
Conocer y divulgar los Decreta es una muestra no sólo de amor por la tierra, sino de confianza en los valores que portan la igualdad, la justicia y el derecho a la paz, como señaló la catedrática de Derecho Constitucional Esther Seijas, premiada este año por la Asociación de Amigos de los Decreta junto a Manuel Rodríguez Pascual, el sabio de la trashumancia.
El acto que se celebra cada año en la plaza de San Isidoro debería irradiar a otros ámbitos que enraícen esta tradición entre las generaciones más jóvenes. No basta con que seamos un parque temático de la Cuna del Parlamentarismo reproduciendo las Cortes de 1188.
Es necesario conectar el pasado con el presente y que la práctica de la democracia se enriquezca con este patrimonio inigualable para compartirlo con el mundo. En este momento crítico en que el tecnofascismo socava los principios de la democracia, aliado con los oligarcas del planeta, hace falta más que nunca que el pueblo forme parte de su engranaje y no como un mero espectador que se levanta del asiento cada cuatro años.
Hay que viajar por ese León inexplorado del germen de la democracia y comprender que la democracia no es el gobierno de la mayoría sin más, sino la toma de decisiones en común de acuerdo a los derechos humanos.