CORNADA DE LOBO
Gordinflas
Me admiraron varias cosas en un viaje bachiller que nos llevó hasta el monasterio de Carracedo en 1966 cuando mis ojos de escolano eran ventanales a toda admiración. Conservaba entonces el imponente monumento la belleza rota de una ruina en pura desidia. Era tan romántica, que habría encandilado al culto viajero inglés de los de libreta con notas y dibujos. ¡Cuánto que ver!... el fascinante y coqueto Mirador de la Reina de mordidos escalones para escalabrarse entonces y con una escalera hoy de pasamanos que le pega como a un Cristo una pistola... el gran rosetón de su iglesia que aún estaba encalada en su interior recordando cuando en siglos atrás se hacían estos blanqueos de cal viva y desinfectante contra pestes o epidemias... y su esbelta torre, abrigada hasta los medios por una espesa camisola de hiedra que la protegía de inclemencias corrosivas y que un arquitecto pijotero fusiló en su amanecer restaurador... o el claustro monacal en cuyo patio se cultivaban berzas todavía... o aquella vieja cillería convertida en secadero del tabaco que la comarca tanto cultivaba en aquellos años... y la sala capitular, cuadrada y abovedada con su mágica sonoridad, pues se ponía uno amorrando la cara en un rincón con un compañero en el opuesto y un solo susurro o el rascar de una cerilla le llegaba como a la oreja circulando el sonido por la nervadura gótica... ¡cuánto que ver!... pero mi admiración se detuvo en una pequeñita y estrecha portañela, indicándonos el cicerone que por ella hacía pasar el abad a sus monjes y el que por gordura excesiva no pudiera hacerlo sufría la consiguiente sangría para desinflarle de su exceso. Me maravilló esa terapia. Y me vino a cuento con la noticia tremenda que se reiteró estos días: en 2030 el número de niños obesos en el mundo será mayor que el de desnutridos, que también crecen. La humanidad próspera se atiborra y del simpático gordito se pasó al gordo, al gordinflas y, finalmente, al obeso mórbido redondeado como tonel o fudre. Mundo de epulones de comida mierda y procesada. Sanitariamente ya es una catástrofe. Pero la sangría se la hacemos a la Sanidad y al presupuesto.