Diario de León

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Hay tres cosas de las que especialmente he de confesar algún arrepentimiento porque uno ya está en tiempo de cuadrar cuentas y balancear la cosa pidiendo el perdón que pudiera caberme... y siempre si se mereciera. Bueno, hay otras cosas, claro, aunque esas sólo las diré en presencia de mi abogado... ¡pero esas tres!...

Por su cercanía en fechas pongo la primera el Entierro de Genarín. Desde el año 1953 era cosa perdida, muertísima y recordada vagamente en el año 1977 en que lo resucitamos. En aquel fervoroso franquismo —y en un León tan meapilas como morugo— asistieron a su ronda burlona unos cinco mil y así figura en el informe policial que llevó al gobernador Rementería a su drástica prohibición. Quedaba, sin embargo, en viva memoria y como único evangelista vivo de todo el tingladillo, Pachín Pérez Herrero. Nos proporcionó información y todas las chirigotas y viejas rimas a Manolo Nicolás y a mí, urdiendo una resucitación en papel con dos amplios reportajes al alimón, él en este Diario y yo en la edición nacional de Pueblo donde escribía. Redivivo quedó entonces el pellejero y el cuentín que le inventaron. Al año siguiente se celebró de nuevo el ceremonio. Unos cientoipico éramos. Ronda lírica y bufa, nada más, con sus estaciones de luto cachondo. Pero al poco vino a dar la cosa en cofradía, teatrería barata y protagonismos con paponería y todo, ya ves, justo lo contrario de lo que debió ser; hasta pasos y cofrades revestidos colaron en el ceremonial prostituido. Algo culpable sí que me sentí. Y al poco tiempo publiqué mi libelo oficial de apostasía cagándome en Genaro por dejarse avasallar por tropel de arrimaos en mamadura, ruidosa turba que jodió la sátira, el estilo y el contracanto. ¿Botellón en procesión?... ¡quitallá!... Rogué entonces al Purgatorio de los Poetas que no me sobreviniera algún cólico nefrítico ese año y no dar a sus devotos señal de castigo del pellejero. No hubo tal, claro. Pero profeticé que aquel Entierro acabaría un día en el programa oficial de la Semana Santa, como así ocurre ya oficiosamente reseñándose cada año en todo medio nacional. O sea, la cagué y mi perdón ruego.

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