león en verso
El humanismo de los perros
El Legrá era lanudo, con greñas. Cuando el tren de Feve se llevó a los suyos en uno de los últimos viajes de la emigración leonesa al cinturón plomizo de Bilbao, le dio por refugiar la pena entre las sebes de la huertona que guarecían del invierno al rebaño, que también le arrebataron. El Legrá debía el nombre a la ola de bautizos inspirados en famosos de la época que entraban por el transistor; de aquella tanda salieron el Cruyf, el Truman, el Roiter (por Reuter, despachos a granel a radio Pirenaica). Todo fluye con la mirada de los perros. No es de ahora eso de templar las urgencias del alma a través de sesiones terapéuticas con interlocutores que gestionan la presión igual que ventilan los golpes de calor. Los perros llevan al lomo el mandato atávico de ser más listos que el amo, entrenamiento para resolver imprevistos. El tratado de humanos y canes lo llama instinto. El perro, que advierte el vendaval antes de que se produzca el aleteo de la mariposa que lo genera al otro lado del océano de las emociones. La gente imagina divanes, y el perro acomoda la cabeza entre las patas delanteras mientras observa el escenario, en esa pose de esfinge felina y divina que tanto fascina a los que creen en la reencarnación de las especies. A veces, siembra paciencia para soportar tempestades, lo que lleva a pensar en qué sueñan los perros que se acurrucan como gorgotos de lana para tejer aventuras inconfesables al despertar; o en esa expansión moral que se le supone al que se extiende todo lo largo que es, al compás del jadeo que hace frente a las tormentas. Las tendencias de algoritmos vuelven sobre los perros en hospitales, guardianes de la única esperanza que queda cuando la ciencia no concede más créditos a fondo perdido. Perros que susurran a los caballos y auscultan el latido acelerado de los humanos mientras descuidan el suyo, empujados al abismo de la lealtad. Los perros que ladran a la luna, los que advierten con aullidos de que la muerte anda suelta por las calles; los perros que huelen el miedo y lo devuelven triturado en paz. Los que regalan miradas fijas a los ojos, hasta que dan con lo que pasa y ofrecen la tierna solución de las caricias.