Diario de León

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No todo el mundo vale para dar pena. El presidente Pedro Sánchez en este terreno lo tiene muy difícil: no puede uno cultivar durante años una imagen de pistolero gélido y salir de pronto en rueda de prensa con la carita compungida y la traición tatuada en el pecho, a lo Concha Piquer.

Solo le faltó coger un spray y escribir patéticamente en las paredes de Ferraz: «Emosido Engañado». Era el del jueves un Sánchez oscuro, casi gótico, como sacado de una novela de vampiros. Quizá el color nogal fuese su forma de decir que se había quedado muerto, aunque más parecía que el escándalo le había pillado dándose los barros en un balneario, con el tiempo justo para quitarse el albornoz y las pantuflas.

El presidente no sabe dar pena. ¡No se puede cambiar de personaje a mitad de la función! A Clint Eastwood le costó tres décadas pasar de Harry el Sucio a los Puentes de Madison y aun así siempre parecía a punto de desenfundar el magnum.

En esto fallan los asesores de Sánchez, que se empeñan en apuntarlo al Actors Studio en lugar de aprovechar su único registro: esa mirada de estalactita, esa sonrisa mefistofélica, ese rictus de veterano del Vietnam.

A lo sumo, podría haber salido vestido de camuflaje, como Rambo, gritando por los pasillos «¡Dios mío, esto es un infierno!».

Ábalos, sin embargo, sí tiene talento para la interpretación. Lo mismo te protagoniza una de Esteso y Pajares, con la Carlota enrollándose que te cagas, que se convierte en un magnífico actor de película neorrealista, con su camiseta blanca de Orlando (Florida) y ese aire, entre melancólico y desvalido, de quien antes almorzaba en Ritz y ahora, golpeado por la vida, sorbe la sopa en un comedor social.

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