Diario de León

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Qué es leonés, dices, mientras clavas tus pupilas en las mías, y terminas la interrogación tan arriba que parece que preguntaras a san Pedro. Y luego, más dura será la caída, con la exclamación desplomada, como que nos agotara de golpe tanta emoción que le habíamos dado. Leonés, todo el que nació en este espacio de tierra que va de la meseta al cordal, con hijuelas. Lo del que pace y nace se archivó porque las pieles finas no admiten la crema de las indirectas, que son en León el low cost del eufemismo por falta de mercadotecnia para vender ese seny que en el Llobregat siempre es positivo. Si lo dice uno de Tras os Montes, que vaya bien la retranca que viene a vernos; pero si es de Quin del Mont, ojo, con el jambo, que se pasa de vueltas por seco. Luego están los leoneses que adoran la tierra de sus abuelos frente a los leoneses que deploran la tierra de sus hijos. Ahí está otra guerra, con sus batallas particulares que se reabren, suelen reabrirse, en estas semanas próximas de calor y verbenas de las fiestas patronales, las fiestas de agosto, y los puentes largos con fiestas de guardar, entre los que marcharon sin hablar el español y volvían con pinturas en euskera. No se pierde fácil el gen leonés; aparece en la segunda generación de los asentados a la vera de la ría del Nervión y que les sale del alma animar a la Real. Ese leonés del que me habla termina por claudicar en mitad del desierto del olvido, cansado de meterle fichas a la virgen de los Remedios sin recibir otro aliento que volver a encender una vela. También está el leonés que se descubre por las expresiones; un pero cómo, que encabeza todo discurso de ataque y derribo del cainismo, ha sacado más leoneses a la luz que todos los ascensos juntos de la Cultu. En otro momento delicado de su historia, los leoneses decidieron defender el fuerte mientras atacaban con granadas las posiciones de quienes minaban su identidad, con gentilicios que no se corresponden con el territorio. Que tengan suerte en la misión, que no se vean obligados a cerrarla como el presiden y profesta de la antigua Persia al felicitar a su pueblo por el triunfo contra el enemigo yankee.

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