Atrévete a saber
Hay una frase latina que es todo un latigazo en el cerebro de quien lo tenga alquilado, ocupado o vendido, algo que en mayor o menor medida nos pasa a todos, frase que fue acuñada hace 2.100 años por Horacio en la epístola a su amigo Lolius: Sapere aude.
Su traducción literal es «atrévete a saber», aunque viene a significar «ten el valor de usar tu propio entendimiento», atrévete a la autonomía intelectual, a pensar por ti mismo y a no depender de la autoridad o las convenciones establecidas. Popularizó después la frase el filósofo alemán Immanuel Kant y la hizo lema de la Ilustración, aquel movimiento que sacudió Europa promoviendo la razón y la libertad de pensamiento.
Kant fue un tipo de fiar y, lo mismo que se recomienda «Más Platón y menos prozac», deberíamos beber de cuando en vez en sus fuentes, en la «Crítica de la razón pura», por ejemplo y si se va a por todas, o en «Observaciones acerca del sentimiento de lo hermoso y lo sublime» o «Sobre los volcanes de la luna» o «Hacia la paz perpetua», tan oportuna visión para este tiempo de fragor belicista y rompehuevos con estadistas pistoleros. Además, la virtud de un Kant metódico le avala; era tan maniático en sus paseos, por ejemplo, que los vecinos ponían en punto su reloj al verle en la calle en sus rutinas. Sin embargo, fue una frase suya de almanaque la que me movió a escribir hoy estas líneas, rotundo y provechoso consejo: «Tres cosas ayudan a sobrellevar las dificultades: la esperanza, el sueño y la risa».
Que este es un tiempo de dificultades galopantes es innegable. Trabajemos, pues, la esperanza en que le salga el tiro por la culata al que dispara bombas, en que no crezca el número de cerebros ocupados, en que el fascismo no vaya tan de lindo... Trabajemos el sueño —amén de soñar-, pues «cuerpo descansado dinero vale» y porque si los idiotas y los malos durmieran más, no habría tanta gente estorbando o puteando y así prosperaríamos... Y trabajemos la risa; la dopamina alegre relaja nuestras desgracias y sobran asuntos que nos dicen trascendentes de los que hay que reírse porque son falacia y llorar es darles cancha.