AL TRASLUZ
Cara de niño bueno
Nadie se esperaba el fallecimiento de Germán Gullón, el gran crítico literario, hijo del astorgano Ricardo Gullón. Ha sido de repente, me dicen afligidos sus amigos. La excelencia académica y humana del padre había continuado en el hijo. El mismo día de su muerte le había remitido un correo por Messenger, para invitarle a asistir a la presentación este mes de un libro mío en Astorga. Lo hice a iniciativa propia, pero también a propuesta de un amigo común, el profesor emérito Víctor Fuentes, desde California. Me extrañó que no me contestase; era un caballero, estaba atendiendo a la muerte. Seguía sus videos en la Red, donde analizaba con maestría y sencillez obras literarias y corrientes socioculturales, también los conflictos éticos que golpean a nuestra civilización; lo hacía sin dandismos, con sabiduría despojada de poses, contestando a las preguntas de su mujer, la holandesa Heilet van Ree (Leti). Los dos últimos videos que vi semanas atrás me gustaron mucho: sobre el acoso de la administración Trump a la lengua española, y una excelente reflexión sobre la actualidad de El Corazón de las Tinieblas, de Conrad. La verdad es que nunca pensé que ya tuviese 80 años, ¡se le veía tan joven de aspecto, tan clarividente y sereno! En definitiva, tan feliz.
Y si me ha sorprendido que Germán fuera octogenario… es quizá porque olvido que uno mismo procede de un Camelot lejano. Leí de joven y en otro siglo su Teoría de la novela. Para escribir esta columna, he estado observando fotografías de su rostro, a lo largo de los años; tenía facciones de niño bueno. Declaró a Astorga Digital: «Mi padre siempre insistía en que él fue un hombre feliz porque hizo lo que quería hacer, que era leer y escribir». Y esa misma sensación de felicidad era la que transmitían esta pareja de humanistas, como recién escapados del Renacimiento. La vida y la muerte son misteriosas, también la serenidad de espíritu; él la contagiaba, mediante su humanismo.
Sí, en casi todas las imágenes aparece sonriente; sin embargo, nada es tan sencillo en el corazón humano: había perdido a un hijo, Oliver. Si misterioso es el amor, aún más lo es el dolor. Gracias, Germán Gullón. No dejaremos de ver tus maravillosos vídeos con Heilet.