CUERPO A TIERRA
Más Estado y libertad
Hay quien presume de calles alfombradas para el peatoneo y cree que con eso ya nadie podrá tildarlo de cuadrumano o mico, porque el primate se convierte en hombre cuando comienza a «presumir»: a suponer por indicios o señales, es decir, mediante símbolos, el comportamiento de los otros y los acontecimientos futuros. No es el mismo tipo de presunción, desde luego, pero sí un avance en la hominización de cierta gente que anda por los despachos y las calles (o lo que queda de ellas) sin que uno sea capaz de diferenciarla de los neandertales, que también eran muy caminantes y en sus sociedades nunca hubo contaminación de motores de combustión. El progresismo entendido como regreso al pasado tiene algo de paradoja y eufemismo, nostalgia de la tribu y vuelta a la sabana, aunque por ahora nada más se sustancie con timidez en un regreso a lo preindustrial, siempre y cuando chinos e indios industrien por nosotros, como Unamuno profetizó cuando dijo aquello de «que inventen ellos». En ello estamos y por ahora el «summum» no se aprecia en el horizonte. Aunque no sabemos hacia dónde vamos, avanzamos.
Igual ya son pocos los que recuerdan el caos de la compra de mascarillas y vacunas durante el coronavirus, que también nos llegó como producto de un país en vías de desarrollo. Hay que recordarlo mucho, porque hay cosas de las que una nación, confederada o sin confederar, no puede estar a expensas del comercio internacional, de los caprichos y giros de un mercado liberal dedicado a ofertar prioritariamente lo que más se demanda. Si algo debió enseñarnos la alerta sanitaria es que hay ciertos sectores estratégicos que no pueden depender de factores externos, sino implementarse de forma directa por parte del Estado, como por ejemplo energía, respiradores, investigación científica y muchos otros. La economía interpandémica —ya vivimos seguramente en un periodo entre pandemias— no ha de fiar todo a que seremos capaces de responder como ya lo hicimos a aquella primera alarma. Debe contemplar una multitud de imponderables, ser previsora y cautelosa. Reconocer que hay asuntos que necesitan más Estado no es atentar contra ninguna libertad, y menos que ninguna la libertad de empresa. Más vale prevenir que curar. Presumir, en fin, que todo lo malo se repite, aunque sea como farsa, lo cual no quiere decir necesariamente que vaya a ser menos terrorífica, sino tan solo más miserable. ¿Nos hallará preparados?