SEGURIDAD Y DERECHOS HUMANOS
Quiebra técnica
La plusvalía ha sido sustituida por el capital social

Se dice que nadie conoce realmente a nadie, es más, se llega a afirmar que nadie se conoce realmente a sí mismo. Lo primero es menos sorprendente que lo segundo, evidentemente. Pero, no deja de ser sorprendente que se pueda afirmar de forma categórica que somos incapaces de conocernos a nosotros mismos.
Es un duro golpe a nuestra soberbia que nos impone su dictadura convirtiéndonos en seres omnipotentes y dominantes de toda realidad. Lo cierto es que aquellos que se dedican a estudiar este tipo de cosas afirman que por muchos espejos que utilicemos nunca tendremos una imagen exacta de cómo somos. Parece ser que se debe a determinados efectos distorsionadores innatos a los espejos. Esto en cuanto al conocimiento anatómico, pero, ¿qué hay respecto del conocimiento de nuestra forma de ser, de nuestro carácter? Se suele afirmar también que en este sentido somos la suma de distintas percepciones. La nuestra, por supuesto, siempre positiva y tendente a ver los defectos en los demás y nosotros como detentadores de todas las virtudes imaginables y más allá. Pero, a la anterior hay que sumar la de los demás, que generalmente no es tan generosa como la propia. Aquí sí que se rompe la unidad de criterio y el sentido de la coherencia. Está claro que los demás, salvo aquellos que te aprecian de verdad, nos valoran en función de sus propios intereses y el beneficio que pueden obtener de las relaciones entre unos y otros. No descubro nada nuevo, es el Contrato Social de Rousseau en su estado puro. Es lo que nos permite convivir sin tener que matarnos unos a otros para sobrevivir. Todos vivimos en red, o dicho de forma más simple, todos dependemos unos de otros. Al formar parte de una red aportamos un valor a la misma, somos depositarios en palabras del sociólogo Charles Kadushin, de un capital social. Este capital está formado principalmente por el número y la calidad de las personas con las que nos relacionamos en nuestra vida. De esta forma nuestro activo será mayor en la medida que nos relacionemos más y mejor con aquellos que más pueden aportar a nuestros intereses. Estamos hablando exclusivamente en un plano material, no en el emocional que se escapa del concepto analizado. Si Marx hablaba de la apropiación de la plusvalía como elemento determinante para el control de los ricos sobre los pobres, Kadushin centra su análisis en las relaciones humanas como elemento de poder y posicionamiento en la escala social. La sociedad es una gran red o matrix, como queramos definirla. A su vez se subdivide en subredes, algunas de las cuales son en las que anida el poder. Para pertenecer a estas redes singulares es necesario tener un gran capital social, tener ejes de relación y una posición en la red que te permita tener la confianza de sus integrantes, tema muy importante el de la confianza, y en consecuencia ser considerado un activo fiable para el resto de la red. Esto que se ha dicho para una subred de poder, es aplicable a todos nosotros, porque queramos o no, todos formamos parte de subredes. Nuestro capital social lo tenemos que generar día a día intentando que los demás nos perciban como nosotros queremos que lo hagan en función de nuestros intereses. En caso contrario, nuestro crédito mermaría hasta poder vernos en quiebra técnica. En definitiva, el cinismo, la falta de autenticidad y mentirijillas varias, mezcladas con algunas verdades nos ayudan diariamente a mantener, o aumentar nuestro capital social. ¿Significa esto que somos malos? No, simplemente humanos.