Abramos la veda del justiciero
Pocas cosas hay más contagiosas que la estupidez, a parte del complejo mesiánico de los justicieros cutres que, a falta de mejores asuntos en los que emplear su tiempo, deciden eirigirse en jueces de cómo los demás deben dirigir su vida. Aunque la sociedad ya se haya dotado para ello de las autoridades y jueces competentes, los únicos que pueden amonestar. Que, desde luego, no son estos petimetres cuya condición viene marcada ya por la cobardía del anonimato en el que urden sus ataques.
Parece haberse puesto de moda comprar a precio de saldo en el entramado on line pegatinas con las que insultar a los conductores que los resentidos consideran que aparcan mal. Dicen sus ‘inventores’ que son advertencias «amigables», por eso dejan insultos que dañan las carrocerías, y amenazas. Incluso, los más miserables de estos medrosos, firman el mensaje con artísticos rayones. Todo muy civilizado.
Parecen ignorar dos cosas (o más). Una, que los daños y las coacciones son delito. Otra, que en las urbes actuales la presencia de cámaras hace que prácticamente cada rincón esté vigilado. Una más: hay ciudadanos atentos, que detrás de un salvaje que comete un atropello dejan aviso a la víctima de quién ha sido el autor. Vamos, que el comprador de justicia por internet tiene todas las papeletas para enfrentarse a una bien merecida ducha de realidad legal.
Habría que ir más allá en todo caso, y pensar qué pasaría si abrimos la veda de la justicia por cada mano. Daríamos una azotaina a los niños insoportables con padres que pasan de que puedan molestar a los demás, haríamos un esguince en el otro pie al adolescente que va a urgencias y se pasa tres horas atronando (en competencia con su padre) a los otros pacientes con su interminable mierda de tik tok a toda pastilla, cortaríamos la luz al vecino que no deja descansar a su radial, tiraríamos por la ventanilla los teléfonos de quienes se empeñan en amargarnos con sus putos asuntos laborales el viaje en tren,...
O romperíamos la ventanilla al imbécil que cuando la máquina del parking no reconoce nuestra tarjeta grita diciendo: «¡Mete la tarjeta con la flecha para arriba!!!». Comprensión, igual es lo único que sabe en el tema de insertar, el pobre.
Señor, danos paciencia. Porque como nos des ánimo, esto va a ser un sindiós.