No, no y no
Me gusta recordar la historia montesca y capuleta escrita en la fachada de una casa en un pueblo de aquí, fachada que alguna modorrez borró hace unos años y que, junto al fascinante artesonado mudéjar de su iglesia, constuían para mí el foco más atractivo y sugerente del lugar para atraer a curiosos animando así su vida mortecina. De Mansilla Mayor hablo. Hace unas cuantas décadas, como en tantos lugares, había en esa «Mansiella» dos familias históricamente enfrentadas en tirrias heredadas, pleitos perpetuos y violentos silencios. Pero hete aquí que, igual que en tantos casos que se dan en este mundo perro, la hija de una de ellas y un mozo de la otra entraron en embeleso y amoríos, encontrándose a escondidas primero y no pudiendo ocultar después su arrebatado y hechizado enamoramiento. Ni las disuasiones de sus familias, que eran bronca bruta en una de ellas con amagos de libelo de repudio, pudieron quebrar un sentimiento hondo e incombustible. Se querían a rabiar... ¡a la mierda la historia que no iba con ellos! Te quiero y me quieres, te lo juro y me lo juras. Nada ni nadie podría romperles la palabra eterna que se daban. Emperrados ellos. Y aún más emperradas en el desaire sus familias, cuyas casas se miraban al bies en la plaza, hasta que una de ellas fue cediendo a la evidencia inevitable, así que el padre de ella se dirigió al padre de él para que cediera en su mostrenca negativa y diera su permiso de casorio ante el temor que cualquier día ocurriera la fatalidad de una fuga en malaventura o encontrarles juntos en un pozo echados a morir de mala manera. La negativa fue rotunda y enfurecida. Pasaba el tiempo y los mozos, no por ello, desistían de su amor en ascuas. Y de nuevo insistía el fallido consuegro. El oído sordo del otro era muralla infranqueable: ¡que no!... y al poco rebocó su fachada mandando al albañil sobresaltar con ladrillo en letras enormes un «NO, NO Y NO» para que el otro lo viera cada día al abrir sus ventanas. Hé ahí un cazurro mostrenco con ideas tapiadas. Puta raza. Pero creo que al final aquellos mozos se casaron... y jódase la memoria del que le puso alambrada al amor.