Este mal que no mejora...
Mañana domingo expira el plazo que ayer amplió Trump a Hamás para responder a su plan de paz que, pintado en bonito sobre papel algo mojado, cuenta con el placet de no pocos países y hasta de partidos enfrentados por reconocer al estado palestino o llamar genocidio a la gran masacre de Gaza. «Si no se llega a este acuerdo de ÚLTIMA OPORTUNIDAD, todo el INFIERNO como nadie ha visto antes estallará contra Hamás», dijo ayer Trump. Tanta muerte ya fatiga y acabar con ella bien merece agarrarse a un clavo ardiendo. Pero háganse apuestas, ¿se aceptará ese plan?... Mientras en este tapete va un «¡a que no!», una parte de Hamás se dice dispuesta a aceptarlo, pero con unas condiciones que Israel (según sus meneos) no asumiría. Si además asegura Netanyahu que jamás habrá un estado palestino, pese a proponerlo Trump en uno de los puntos de su plan que él aceptó, ¿qué pasará entonces?... «pues seguiremos con el trabajo», declaró el israelí, es decir, ocupación total de Gaza y masacre palestina que no cesa. ¿Quién no llamará a lo suyo crímenes de guerra y criminal a él?....
Y al caso viene este viejo dibujo resucitado en su montonera. Me salió del lápiz en 1991, ¡hace 34 años!, para ilustrar un artículo sobre la Guerra del Golfo, aquella que provocó Irak invadiendo Kuwait y metiendo en el fregado a una coalición de 42 países liderados por Estados Unidos. Es muy medioriental el apunte y por ello cuaja hoy su simbolismo en Gaza. Quise representar una «realidad hembra» como esencia humana y como esclava codiciada por tantas deidades como lleva colgadas al cuello en collarada de oros y brillos con el alfanje y la estrella islámica, la estrella judía, las cruces ortodoxa o maltesa, el dios del dinero hecho dólar, la media luna, la cruz romana... Y aunque entonces lo titulé «Autorretrato en Bagdad» reivindicándome en compasivo trasvestismo, bien lo titularía hoy como «Este mal que no mejora... no es de ahora», porque una y otra vez, como un mantra fatídico, el viejo dicho explica nuestros pesares y tantas heridas que no cicatrizan, fatalidad o destino que nos persigue asediando los días y dinamitando la confianza en que la bondad redimirá algún día a la especie. Vana esperanza. Es mal antiguo, maldición del género humano. Porque ese mal que hoy está asolando Gaza tampoco es de ahora. Su «antes» puede parecer lejano con historia colonial inglesa en Palestina y la invención hace 77 años de un estado de Israel que enladrilló sus fronteras con las biblias de Sión colocando la estrella de David en la empuñadura de una espada de fuego blandida al son de las trompetas de Gedeón que desataron el pánico en el campamento de los madianitas según cuenta el Libro de los Jueces. Nació así el nuevo Israel viendo necesario convertir su pequeño estado en la más temible potencia militar de la región. De este modo una guerra que no ha dejado de temerse o declararse describió y describirá el destino de este país en conflictiva vecindad con su entorno árabe o islámico. Es la guerra quien dibuja la esencia y actitud de la nación israelí, guerra interminable porque no es de ahora; sus prólogos se remontan a tres o cuatro mil años atrás con contiendas, odios bíblicos y diásporas que no dejarían de sucederse a lo largo de los siglos. Lejana, pues, se fió y se sigue fiando una esperanza perdida. Así que el mal no mejorará. Ni esta guerra de hoy podrá acabar aunque en guerra fría la dejen.
Decía hace unos días el antropólogo Manuel Delgado que «todas las películas son de guerra, incluidas las de amor... o especialmente estas». Razón le sobra. Toda la vida gira sobre un perpetuo conflicto que a menudo acaba en guerra entre el bien y el mal, el amor y el odio, el blanco y el negro, dios y el demonio, la noche y el día, el pecado y la gracia, la salud y la muerte, el dolor y el gozo... La tensión entre esos dos polos fabricó nuestro mundo. El conflicto o la guerra («tenemos un destino de guerra y esta vida es un valle de lágrimas», insistió siempre mi padre, que también hizo la suya) es lo que dibuja la sustancia del género humano y un destino que nunca será la paz, pues la paz, toda paz, es tan sólo una tregua entre dos guerras, un periodo que exige la fatiga o la extenuación y siempre más corto que largo, un paso atrás para coger nuevos impulsos hacia una revancha que dé solución a viejos rencores e ilusione a la razón para justificar el odio al otro, a los otros... y su extinción. «El infierno son los otros», decía Jean Paul Sartre. Y si existe un infierno, ahí vienen después los dioses metiendo cuchara. ¿Es que acaso no los vemos en todas las guerras de Oriente Medio?... Es esa religión que siempre se cuela de rondón o como estandarte obsceno, religión que todo lo disculpa antes para poder después justificarlo, cada cual con su nombre de comandante en jefe: Zeus, Mitra, Yahvé, Dios, Alá... dioses que finalmente acaban recamados en oro para dejar más claro aún lo que no se atreverían a confesar: que sólo el Dinero es su primer apellido. La economía es la verdadera razón de toda guerra (que lo dijera Marx no invalida la evidencia). Bien claro lo tiene Trump y su plan trampa, convidado aquí al festín como pontífice («artífice de puentes» y, por tanto, ¿exigiendo el Nobel de la Paz?) al proponer a Netanyahu y a Hamás un plan de paz que incluye la puesta en marcha de una reconstrucción de inversión gigante y bajo un gobierno que supervisará él mismo... ¿cómo iba a privarse si el gran negocio de la posguerra está sobre su mesa o en empresas amigas o aliadas?... ¿y acaso no es todo un «protectorado» americano lo que quiere instaurar ahí?...