Diario de León

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Terminas por añorar a bancos que se promocionaban en canciones de poetas con alma de querubines; de Sabina y Ana Belén; el Banco Central, a la sombra de un León, el Hispano Americano, que se comió el marrón de noches de amor, corazones en la espalda y manos que correspondían debajo de las faldas, en bares que terminaron en sucursales con fecha de caducidad. Qué distinto este marketing programado que acaba con la emoción de la oferta pública de adquisición de acciones, que hace que medio país se crea con poder en la manija del éxito que sólo habían imaginado por películas sobre brokers en Nueva York o guiones remasterizados de Pretty Woman, en los que te podías pedir ser Julia Roberts o Richard Gere. Alguno, en esa absorción de papel de accionista en el prime time de las teles socialistas y aledaños mediáticos, ha llegado a marcar el teléfono rojo para confirmar que vende… Visto así, hubiera sido constructivo para el pueblo leonés que le hubieran preguntado por aquella operación que hizo fosfatina a la ardilla de Caja León, que terminó la agonía en Málaga, del último brinco de los que dio por la península, mientras justificaron la hoguera de los ahorros de las viudas de esta provincia con el rollo del músculo financiero, cuando aún la economía podía imaginarse de salto en salto por las copas de los árboles. Lo mejor de la opa es que riega la teoría de los dos bandos que habitan este país; que resucita el instinto de tiburón que acompaña las entrañas de quien sueña con someter todo el dominio que tiene a la vista frente a la empatía del que siempre estará al lado de los débiles. Otro gallo nos hubiera cantado a los leoneses si hubiéramos aplicado esa fórmula crítica para atender los retos que nos ha echado encima la España del 78, mientras seguíamos embelesados con la música que nos pusieron para bailar. De bancos, tampoco fuimos mucho. Si acaso de la Caja postal, cuando Felipe sacó la chequera, para aliviar el esfuerzo titánico de mamá y papá, y nos abrió una cartilla amarilla con una imposición que jamás creímos que íbamos a gastar. Es lo malo de ser pobre; que todo te parece demasiado.

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