Diario de León

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Digo siempre que, por tenerla en casa, la catedral de León acaba siendo más desconocida para el leonés (que farda además de ser su propietario) que para quien viene de lejos con curiosidad en la mochila. Para inflar orgullito nos vale y sobra, pero para saberla en lo mucho que guarda ya no vale tanto, se da por hecho. Y sin embargo, ¡cuánto hay ahí de ver y fijarse parándose y calando hasta entender!... o quedarse con interrogantes y enigmas bailando en la sesera la danza de otros tiempos de luminosa oscuridad, esa Edad Media tremenda, teatral y trepidante.

Y digo también que para ver esta catedral, o cualquiera, hay que llevar prismáticos para poner a tiro de ojo lo que a tiro de piedra ni se alcanza... ¿cómo leer, si no, las altas vidrieras, los capiteles, los grutescos de gárgolas o enjutas, los textos tallados en las alturas, las tablas de sus retablos, el topo de la leyenda?... A ello se obligará el lector averiguador si además le guía y le apoya un librito sugerente que pone en el bolsillo todo un saber de conocedor: «Mensajes escondidos en la catedral de León, claustro y museo», de Juan Luis Puente López (Edilesa). Ahí va en profusión fotográfica (los libros con «santos» prenden la vista) lo tantísimo que se nos escapa de este templo fascinante: seres imaginarios, símbolos, sibilas, diablos y demonios, amuletos, las marcas de la gloria o de la muerte, rosetones, relojes de sol por doquier, marcas de cantero o tallista, obscenidades, figuras estrafalarias, mitos y pitos... todo un arsenal de miradas que obligarán al lector a verlas in situ volviendo una y otra vez a entender, al fin, aquello en lo que nunca se fijó y con lo que podrá tapar la boca al cuñado listillo que le venga de enterado. No son de este libro otros mensajes escondidos que para mí tengo como lo más admirable de esta catedral. Están en la sillería, ese mueble en nogal de gubia flamenca y preciosista, el coro gótico más antiguo de España resistiendo al tiempo mejor que las vidrieras, pese al tropel de posadera canóniga que asentó en él sus reales. En sus misericordias se oculta un desconcertante contracanto de burla y crítica. Tarea tiene ahí Juan Luis.

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