Diario de León

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Ha fallecido María Teresa Rodríguez Hevia, una de las mujeres más sonrientes de León; viuda de Antonio Silván Garrachón y madre del senador y exalcalde. Cuando te veía en la calle el rostro se le iluminaba en una sonrisa, como si ese encuentro fortuito fuese un gran regalo. A mi regreso del tanatario, una compañera suya de gimnasia me contó: «Hace unos pocos años me dijo… ¿Tú crees que volveremos a encontrarnos en la otra vida? Me daría mucha pena morir y no volver a vernos más». Sonreí al escucharlo. León favorece encuentros fortuitos, pero ¿son causales? Quizá, llamamos azar a lo maravilloso. A veces, simplificamos: «Nació así, no le cuesta». Sin negar que pueda haber una predisposición genética, creo que sonreír es ante todo una decisión personal. En definitiva, ternura.

Una sonrisa es gorrión que vuela de dentro hacia fuera, y luego vuelve al nido del que irrumpió; es decir, al corazón. Se me dirá: la vida es muy dura y no hay muchas razones para sonreír; cierto, si entendemos la sonrisa solo como un gesto de satisfacción personal o de aprobación evasiva de las injusticias; pero puede ser mucho más, proclamación fraternal de que es posible otra forma de relacionarse: sin odio, ni rivalidad. En efecto, afecto. No, no siempre quien te sonríe está aceptando las tristezas del mundo, al contrario, las denuncia desde un lenguaje que incluye esperanza. Cuánto nos sonrío ella a todos.

Lo sé, también hay malvados sonrientes… pero no se les ilumina el rostro cuando te encuentran, ni logran que a ti se te ilumine el tuyo. Una sonrisa bondadosa es un acto de fe en el ser humano… oración sin palabras, gag mudo y silencio mágico; no empieza en los labios, ni termina en ellos, es credo y triunfo sobre tus propias pruebas.

Supongo que también conoció pesares… pero sonrió. Su actitud no era mera sociabilidad, sino buen uso del don recibido. Las sonrisas que daba las seguía teniendo dentro de sí, en los demás.

Una sonrisa dulce es siempre grande, aunque sea pequeña; invencible incluso cuando se quiebra. Ya no volveremos a coincidir en la calle con María Teresa, pero un día todos nos reencontraremos y volverá a sonreírnos de nuevo. Sí, su sonrisa no fue solo por sociabilidad. En efecto, era amor.

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