Diario de León
Pedro García Trapiello

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No es serio juzgar a nadie por su cara, aunque se disculpa si es la del político, porque las de Stalin o Hitler, por ejemplo, ya gritaban de lejos lo temible o lo terrible, o la de Felipe IV, el Rey Pasmao, que no dejó dudas de su inepto vivir en una nube. Sin embargo, no son menos ciertos dos popularizados principios que algo nos orientan: «la cara es el espejo del alma» y... «a partir de los 40, cada persona es responsable de su cara». ¿Acaso no parece la de Mazón algo zoqueta de bien comido y regoldado perfecta para esculpirla en cemento armado?... ¿y cuánto no dice la de Miriam Nogueras con su mandíbula de candado?... ¿no es perfecta la de Miguel Tellado para la de un fray Barragán marmitón o la Oriol Junqueras para la de Abad de la Cucaña?... ¿no le hace un poco Bruja Piruja la nariz a Yolanda Díaz?... ¿y la de Ione Belarra de fríos ojos como de perro malamute que no sabes si va a tirar del trineo o arrearte un mordisco?... de la cara de Óscar Puente ya se encargan ad nauseam Vox, Upl y Ester Muñoz... ¿y la de Puigdemont no es la de miembro de conjunto musical de verbena de pueblo que se arrebata en solos interminables de batería para que acaben tirándole los mozos al pilón?... ¿qué cuenta la cara de Abeto Núñez Feijóo?... nada... ¿y la de Pedro Sánchez?... todo... ¿no es la de Pablo Fernández la de un gurú de secta hippie recetando floreadas soluciones celestiales?... y la del candidato socialista extremeño Gallardo ¿no es la de seminarista repulido que chupa de las vinajeras o la del odioso acusica de clase?... de la del nuevo secretario de los socialistas «castellanoleoneses» Carlos Martínez ya dicen que se la copió a uno de Los Pecos para que le canten su tema del «Y te vas»... mientras que a la cara del cántabro Miguel Ángel Revilla le pones gorra y mono y te sale un Súper Mario de Juegos Reunidos Geyper... Ahora bien, queda entre la clase política una cara que sigue desconcertando por tener contradictorias y enigmáticas lecturas, la de Zapatero, cara circunfleja en la que unos ven ponérsele maduro el rictus y otros aprecian que se le están achinando los ojos bajo unas cejas al acecho y capaces de hacer tai-chi.

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