cuerpo a tierra
Besines con la mano
Desde que estoy jubilado, cada vez que paso por delante de la Seguridad Social mando besines con las manos; no a nadie concreto, aunque fui muy bien atendido por el personal, sino al edificio. Mi mujer lo acepta, pues no es celosa, pero lleva peor que en plena calle haga la ola. Y cuando me dispongo a cantar una jota que he compuesto, sale corriendo y ya no para hasta casa. Ah, el matrimonio. Por cierto, nuestro emérito lamenta en sus memorias ser el único español que no recibe pensión tras toda una vida de arduo trabajo. ¡Caramba, tampoco la tiene la viuda del elefante aquel que mató. Y no todos tenemos amigos que nos regalan 100 millones de euros. En fin, si esto lo dice alguien con asesores, qué diremos en las nuestras quiénes no los tenemos; miedo me da ya escribirlas, no querría pasarme. Según Plutarco, una mera anécdota puede revelar más que un gran hecho. Gran verdad, Al parecer, quiere morir en España y tener un funeral de Estado. Vale, sea. Uno también quiere reposar en nuestro país… y cuanto a lo del funeral del Estado me conformaré con que estén los míos, y que usted lector rece ese día por mí. Bueno, y con que me mande besines con la mano.
Un inciso cinéfilo: en mi columna anterior les conté que estoy viendo —en casa— de nuevo toda la filmografía de Woody Allen, pues barajo escribir algo sobre él. Expresaba al final mi deseo de que ojalá dirigiese otra película… sin saber que la próxima la rodará en Madrid, el año que viene. Víctor Fuentes, el gran crítico de literatura, me sugiere desde Estados Unidos que me persone en el rodaje y le cuente a Allen mi proyecto. He contestado: «Gracias, maestro, pero no quiero que su Soon-Yi me devuelva a León de un puntapié ninja». Aunque quizá, desde la valla de seguridad mande besos con las manos, es el gran idioma universal.
Sí, lo admito, cuando paso delante del edificio de la Seguridad Social le mando besines con la mano. Quizá, lo de la jota deba ensayarlo aún más, y la ola es prescindible. Lo importante es celebrarlo con los tuyos. Todos habremos de ser perdonados, todos deberíamos perdonar. Me pregunto si allá arriba hay cementerio de elefantes. »Nada, JuanCar, pelillos a la mar, ni me enteré». Ah, la vida.