CUERPO A TIERRA
Prejuicio de transporte
Tenemos prejuicios para no tener que estar permanentemente formándonos juicios sobre la realidad circundante: son, con el instinto, el automático a través del que nos desenvolvemos en el día a día. Instinto y prejuicio conforman esa especie de plano que es válido para la mayoría de situaciones imprevistas con que nos topamos. El preformateo provisional para todo aquello que no sea extraordinario. Pero mientras los instintos vienen de serie en la especie humana —todos disponemos de mecanismos como la arcada y el miedo para evitar situaciones físicamente peligrosas, aunque haya graduaciones—, en los prejuicios que albergamos hay cierto compromiso personal. No es solo que «todo prejuicio se configura a partir de otro prejuicio», sino que participamos activamente en su existencia, a partir de nuestras creencias, opiniones y hasta ideología. Por poner un ejemplo, digamos que quienes guardan reservas hacia el aspecto externo de las personas en raras ocasiones los poseen hacia esa laxa moralidad económica que algunos cada vez más raros jueces consideran desfalco o corruptela. Mientras uno muestra prevención hacia lo que se ve, el otro hace la vista gorda ante lo que no se ve.
Íbamos a continuar estableciendo la fina distinción que existe entre prejuicio y escrúpulo, pero se nos va el espacio de esta columna que quiere hablar de un peculiar tipo de prejuicio que acaso tiene demasiado interiorizado nuestro concejal de «inmovilidad» urbana. Lo más singular de este munícipe es que, dueño de un modo de hablar un tanto libre, comete erratas hasta cuando habla: son tantos sus tropiezos verbales que lo han nombrado «piquito de oro» o del año en un programa de radio que recopila las patadas orales al diccionario, los solecismos contra el idioma, los lapsus de lengua tonta o enredada. Pues, además de esto, dicho concejal se caracteriza por poseer un arraigado prejuicio de transporte, una especie de aprensión por la que, allí donde el resto de mortales ve calles, él intuye paseos, vías sin tráfico, zonas peatonales. Lugares a transformar de inmediato a través de la eliminación de los coches y la aplicación de una mano de pintura en colores apenas contemplados por la civilización. Este desorden, por llamarlo así, no sé si perceptivo o de la imaginación, trae por la calle de la amargura a los conductores y encanta a las visitas palo-selfi que no entran en trance ante el cromatismo.