Diario de León

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En el barrio escuchábamos a Extremo porque queríamos ser malos sin saber el bien que podría hacernos. Su música contaba cosas que no sabíamos expresar con nuestras palabras y, convencidos de que rebelarse contra todo servía para reivindicar un espacio propio, nos daba igual cuál, encomendábamos la portavocía a aquel desgreñado que desgarraba las letras de sus canciones con la garganta ahorcada por la sexta cuerda de la guitarra. Ahormada la camiseta de tirantes en una percha de huesos y costillas descarnadas, con los tendones de los brazos crispados, yonqui, el Robe, con el artículo determinado delante, se arrojaba desde la pala del mástil y aterrizaba en el último traste resucitado como un Jesucristo pagano para salvarnos. No necesitaba más para ser Dios. No nos tenía que convencer. Siempre perdidos buscábamos y, al fin, íbamos por caminos que están por abrir. Cada mañana, comienzo a vivir, remataba la primera estrofa hasta precipitarse en aquel estribillo retador que colocaba al resto en casa y a nosotros en la hoguera. Ardimos y con las cenizas que aventaba, con aquel material defectuoso, dejamos de lado la vereda de la puerta de atrás, supimos que preferíamos ser un indio a un importante abogado y construimos una banda sonora para nuestras vidas, a medida que crecíamos, disco a disco, desde la irreverencia transgresiva fundacional y su desbarre de más de dos décadas de la banda original hasta la madurez artística, ya en solitario, con canciones de más de siete minutos que desafían al mercado musical de lo rápido y tontito para un público educado en distraer la atención a la tercera frase, en la que nos reveló que el poder del arte / bien nos pudiera salvar / de una vida inerte / de una vida triste / de una mala muerte.

Hace tiempo que no veo a Abel, el guaje del barrio que me dejó los primeros cedés de Extremo. Nunca fui malo. Quizá sólo un poco mejor gracias a esas canciones que me recuerdan por dónde he llegado aquí, que escucho cuando más necesito no perderme, como este miércoles, cuando, después de que la radio diera la noticia de la muerte de Robe, me quedé en mitad de un pasillo por el que avanzaba una camilla y temí que se rompiera la cadena que ataba el reloj a las horas. No.

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