Diario de León

PANORAMA

Marta San Miguel

Marta San Miguel

Cartas extraordinarias

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Un amigo al que hace meses que no veo me escribió de repente para pedirme mi dirección postal. Al cabo de unos días, en el buzón apareció un sobre marrón, casi grueso, lo justo para entrar por la ranura.

Mi amigo, que vive en otra ciudad, con el que apenas hablo salvo algún mensaje enfático de alegrías futbolísticas compartidas, me mandaba el último libro de María Negroni: Cartas extraordinarias. Antes de tirar el sobre a reciclar, miré dentro varias veces por si hubiera una nota, algo que diera pistas del porqué del envío. Pero solo estaba el sobre amarronado, ese objeto en peligro de extinción a estas alturas digitales.

María Negroni es una escritora argentina que leí hace tiempo, pero en casa no tenía ningún libro suyo. ¿Se lo habría contando en algún momento a mi amigo, le habría confesado ese boquete en mis baldas? Entonces lo empecé a leer. Negroni rinde un homenaje apócrifo a los escritores más importantes del siglo XIX metiéndose en el tuétano de sus falanges para escribir en su nombre cartas a todo tipo de destinatarios. Se hace pasar por ellos con esa dicharachera manera que tienen algunos dotados de mutar los términos para hacerlos flexibles y de paso a nosotros, y así, te acabas creyendo que Louisa May Alcott se confiesa ante Emily Dickinson o que Jules Verne lo hace ante su padre por las dudas que tiene ante su vocación. Le dice: «A la realidad, padre, siempre le faltó realidad. Por eso, me dediqué a imaginar que es, siempre, muchísimo más grande que vivir».

Escribe Charles Dickens a un amigo, Mary Shelley a su madre, Daniel Defoe a su «deplorada familia», Lewis Carroll, Salinger, J.M. Barrie. Y en esas misivas reviven. Pero no como cuerpos que fueron, sino como seres que se explican, que buscan hacerse entender y que necesitan el contacto, la conexión con los suyos como solo se logra en ese formato de intimidad y refugio que son las cartas.

Terminé el libro de una sentada. Corrí al cubo de reciclaje: ahí estaba en el sobre mi nombre escrito, la dirección de casa. Y no hizo falta más para entender lo que tenía que pasar entonces.

En la librería de mi ciudad compré otro ejemplar de Cartas extraordinarias, y después fui a una oficina de Correos para enviárselo a una amiga y seguir con esta especie de cadena. No llegará hasta el año que viene, me advirtieron cuando pegué el sello. Mejor. Porque cuando la imaginé abriendo el sobre marrón en el que estaba escribiendo a mano su dirección, esa amiga a la que hace meses que no veo y con la que apenas hablo porque vivimos derrapando, como todos, la vi sonreír. Y no se me ocurrió mejor forma de empezar el año que así, enviándole lo extraordinario en una carta.

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