EL RINCÓN
La espera
Nochebuena, Nochevieja y Reyes deberían ir juntos para poder arrancártelos del tirón, como un pegote de cera. Tres jornadas seguidas de despiporre y hasta más ver. Pero no: para prolongar el asunto, surgen intercalados días que parecen normales sin serlo. Como hoy, como mañana. Heme aquí entre dos fuegos, el de la última noche del año y el de la noche de la ilusión, dándole a la tecla en pijama porque la sola perspectiva de embutirme en los vaqueros me produce sudores fríos. Es lo que tiene participar en los juegos del engorde, que ya llegarán los del hambre con el pollo, la piña y la ensalada sin aliño. Pero, hasta que eso ocurra, todavía le echaré al cuerpo un trozo de roscón. No es que no vaya a poder subir la cuesta de enero, es que la voy a bajar rodando.
Estos días de tregua son la transición entre lo que se aguarda y lo que se recibe; la metáfora de la espera. Porque, esperar, todos esperamos algo. En ‘La gran familia’, nuestro ‘Qué bello es vivir’, Críspulo espera que aparezca Chencho, y por eso tacha todos los regalos de su carta a los Reyes Magos para pedir, a cambio, solo uno: el regreso de su hermano pequeño. A pesar de su familia ejemplar, de su natalidad ministerial (ninguna mujer ha tenido más ganas de que le llegara la menopausia que esa madre interpretada por Amparo Soler Leal), de su sentimentalismo y de su propaganda franquista, que por algo fue declarada de «interés nacional», ayer volví a emocionarme viendo la película. Quizás porque, en el fondo, quien más y quien menos espera que los Reyes le traigan algo o alguien que ha perdido y que no puede comprar. A mí no me pueden traer todo el talento que quisiera, pero sí un portátil nuevo. Lo mismo mejora la cosa.