AL TRASLUZ
Un mundo nuevo
Había pedido a los Reyes un mundo nuevo… y no me lo han traído. Mafalda habría exigido el libro de reclamaciones. A ver si para el año que viene hay suerte. Tampoco tenía grandes esperanzas en que me lo trajesen. Además, ¿cuántos se lo habremos pedido? El stock de mundos mejores es limitado, incluso para sus majestades. Hacen lo que pueden. Sin embargo, me siento feliz, pues recibí el regalo de la visita inesperada en León de Carlines Junquera, uno de mis grandes amigos de la adolescencia y primera mi juventud, en nuestros veraneos Cabo Roig. Un reencuentro que me dio la oportunidad de decirle a su mujer y a sus hijos verdades que ya sabían: «un gran amigo, una gran persona». Disfruté proclamándolo. Los reyes no me trajeron un mundo nuevo, pero me hicieron reencontrarme con el mío, pues los amigos son nuestras raíces, las que mejor nos explican. «La patria es la infancia», escribió el poeta. Y los amigos de nuestra adolescencia y juventud son nuestro Camelot, al que volvemos mediante nuestros hijos y nietos. Porque, digámoslo ya, nuestro mundo propio nunca suele ser el problema. A mí no me han fallado los valores que me inculcaron mis padres, ni mi fe, ni las canciones que amé, no me ha fallado el amor, tampoco la literatura o el arte… no me han fallado los amigos, pues si lo hicieron es que no lo eran.
En el rato que estuve con ellos por el Húmedo conversé con una joven pintora que encontrará su voz propia, pues encuentras aquello que buscas. Y hablé con un joven torero, que también la encontrará. Ojalá tengan en ese camino amigos y amigas. Ojalá nunca se desanimen, pues todo finalmente acaba encajando. Jóvenes no os rindáis nunca. No siempre se gana, pero eso ya es otra historia. A veces, es necesario perder.
Todo apunta a que 2026 no será un buen año para el mundo global. Quizá, no está en nuestra mano impedirlo… pero hay algo que sí podemos hacer: mantener nuestro mundo personal fiel al puñado de verdades que nos definen; entre ellas, la de la amistad. Los magos no me trajeron el mundo nuevo que el pedí, pero sí un destello de lo mejor del mío: un viejo amigo que me presentó a los suyos, y la oportunidad de decirles algunas viejas y bellas verdades acerca de lo que nunca cambia.