Diario de León

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No sé si son supersticiosos, yo solo lo soy cuando juega mi equipo, el Racing de Santander. No leo el horóscopo, ni tengo talismanes ni creo en la numerología (cuánta gente anda sumando los dígitos de 2026 para asegurarse un diez este año nuevo). Pero cuando juega el Racing, cruzo los dedos y los aprieto muy fuerte como si pudiera convocar una providencia mística que tuerza el destino del balón. Al acabar el partido me suelen doler los nudillos y pienso en lo absurdo de este gesto, lo irracional de esa fe ímproba: ¿en qué momento nos hemos creído que por desear que suceda algo es razón suficiente para obtenerlo? La actualidad a veces me hace pensar que las coincidencias no son cuestión de suerte. Hace unos días publiqué en estas páginas una columna titulada ‘Cartas extraordinarias’. Era una pequeña fábula que defendía las cartas por la conexión que logran entre el emisor y el destinatario gracias a su lentitud manuscrita. El mundo que habitamos se está descomponiendo entre invasiones y debates embarrados, y frente a la prisa de los mensajes inmediatos que agotan su sentido en cuanto pestañeas, la cartas representaban un refugio. Pero el día que EE UU hizo suya la máxima de que el fin justifica los medios en Venezuela y amenazó de nuevo con anexionar Groenlandia, una pequeña noticia que ocupaba las páginas interiores de los periódicos me hizo pensar en si no nos habrían echado un mal de ojo. Dinamarca elimina su servicio postal estatal, decía el titular. A partir de ahora, los daneses tendrán que recurrir a la mensajería privada para mandar una carta. El fin de su ‘Correos’, tras cuatrocientos años de servicio, ha dejado sin trabajo a 1.500 personas y ha eliminado de las calles sus icónicos buzones rojos. Y todo por la lógica de las cifras: en 2000, los daneses enviaron 1.500 millones de misivas, pero el pasado 2024, solo 122 millones. La rentabilidad es una cosa muy seria, pero también lo que representan estas cifras en nuestra forma de existencia. Solo era una pequeña noticia, como digo, apenas una anécdota frente al despliegue de la Delta Force y el oxímoron de su democracia impuesta, pero ahora que al buzón solo nos llegan cartas con notificaciones administrativas o del sistema de salud, la coincidencia me provocó un escalofrío como la magia negra; eliminar buzones es una sibilina forma de aislarnos, de dejarnos solos frente a los salvadores que aprietan mucho los nudillos para conseguir lo que quieren, como los ‘hooligans’. Me pregunto si Groenlandia mantiene aún sus buzones rojos en la calle o acabaremos viendo los azules de la United States Postal Service que salen en tantas películas que nos llegan de Hollywood.

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