Diario de León

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La realidad de los medicamentos es una de las más presentes y vivas de cuantas conocemos. Ocurre hasta en las mejores familias, una especie de eufemismo tonto que parte del común aplicaba a situaciones diversas no se sabe si con respeto o ironía. En cada una de las cajas que los contienen, una hoja muy dobladita que cuenta cosas sobre lo que tomamos. Tiene sus lectores, como casi todo, naturalmente, lo que en algunos casos se convierte en un peligro manifiesto porque varias y diversas lecturas parecen conformar los conocimientos médicos de tales lectores. Y ya se sabe…

Me gusta la literatura de los prospectos porque encuentro en ellos, aparte de mi incapacidad para entenderlos en su integridad —mejor, para no entender nada—, no poco de ciertos misterios cercanos a lo sagrado. Parecen una serie continuada de versículos bíblicos que recorren buena parte de nuestro organismo afectado o aquella otra que puede llegar a encontrarse en situación semejante, si no peor, prácticamente toda. Y las palabras que encierran las pócimas incomprensibles, pero tan sonoras y mágicas como ese ácido fusídico, o las úlceras pépticas con las que algunos conviven, no sé si amigablemente, o la toma de ezetimiba, acaso el principio activo empagliflozina, quién sabe de la atorvastatina, ciclosporina, telitromicina, la digoxina, verapamilo, amiodarona y un largo etcétera infinito, que acaso sirve para rimas disparatadas de poemas sanitarios relaciones con la palabroterapia o esas otras que despiertan el gusto por lo eufónico.

Confieso que, al margen del atractivo misterioso con que se presenta, solo he leído una parte de un prospecto, en el apartado de «Efectos secundarios». Al recetarme un medicamento, la doctora me advirtió de tal posibilidad. Consulté ese listado y, efectivamente, había coincidencia entre el efecto escrito y lo que me ocurría. En esa coincidencia el prospecto, impertérrito, añadía: «Posible causa de muerte». Suspendí el medicamento, pero no me alteré, esperando, eso sí, una desaparición sin dolor ni violenta. Cuando llegué a la siguiente consulta, la doctora, siempre agradable, generosa y eficaz, lo dejó bien claro: «A quién se le ocurre leer un prospecto…, la finalidad de los medicamentos es curarnos».

Si la literatura de los prospectos es intrigante, más me impacta el diseño y, como consecuencia de su milimétrica disposición, la cantidad de información que ofrecen, si se consigue ordenadamente su despliegue total —que bien puede ocupar y sobrepasar los límites de una amplia mesa de comedor—, es de abundancia abrumadora. Un prodigio de los múltiples dobleces de dirección y medida inesperados, que se van abriendo como epifanía de la salud, aunque bien pudiera presentar algún tratado de enjundia y extensión o una buena colección de relatos breves. Estamos frente al papel bien aprovechado, inverosímil en algunas secuencias, medido para la mínima ocupación y dilatado contenido. El problema es recuperar su estado inicial, para lo cual ha de haber pericia y paciencia. Y que uno sepa, aún no hay ningún medicamente que proteja o fortalezca ni la una ni la otra.

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