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Ocurrió a la hora en la que la tarde del domingo se va escurriendo entre las rendijas del sofá, esos huecos donde se pierden las monedas que se caen de los bolsillos. De fondo, una película de los setenta, porque los domingos de invierno hay que buscar alivio en lo que ya conocemos. Antes había estado borrando correos que intentaban venderme cremas, ropa, libros, milagros, yo qué sé, para alegrarme el día siguiente, el ‘Blue Monday’, un invento publicitario disfrazado de ciencia que, a través de una fórmula matemática que combina el frío, las deudas contraídas por las compras navideñas, los propósitos de año nuevo recién incumplidos y los kilos ganados a fuerza de polvorones, decide que el tercer lunes de enero es el más triste del año. Aún no sabía hasta qué punto iba a serlo.

Lo supimos poco después de terminar la película. Nos acostamos pensando qué desastre, qué mala suerte, qué horror. «Ojalá no haya más víctimas», dijo uno de los dos; el otro asintió en silencio. Nos dimos las buenas noches y apagamos la luz, cada uno rumiando lo suyo, que era lo nuestro, lo de un país entero. Por la mañana, la otra luz, la del sol, iluminó más dolor, más crudeza. Una vez le oí a un viejo en un autobús: «Donde está el cuerpo está la muerte». Lo decía porque un amigo suyo la había palmado estando de vacaciones en Benidorm, como si fuera imposible morirse bailando ‘Los pajaritos’, o tras examinarse de una oposición, o mirando las fotos de un partido del Madrid en el móvil de regreso a casa. Hay mil maneras de morir, y a algunos les tocó la que llega sin avisar un domingo de vuelta a ninguna parte y se remata en un lunes sin piedad. No hay fórmula matemática capaz de medir esa desolación, esa oscuridad.