Con las tres bes
Las teles de días atrás se rebozaban con ese sensacionalismo que les brinda la nieve como si fuera un fenómeno extraordinario estando como estamos en invierno. La hicieron noticia matraca y obsesiva. «Se esperan nevadas de hasta diez centímetros», se alarmaba una reportera forrada de exagerado plumas pijo, gorro pompón y dos bufandas como si estuviera en el Ártico... y era laderita del Guadarrama, el martes fue. O salía en el programa de Sonsoles una muchacha de Fasgar enchufando el móvil desde su puerta a la calle nevada con cuarta y media y una trochita hecha con pala a la puerta el día anterior que pedía nuevo palear por haber vuelto el nevar a la noche, acusando al ayuntamiento de Murias de tenerles allí sin expalar y abrir camino a la circulación; y sumaba este mal crónico a la misma dejadez que este verano les costó perder todos aquellos montes enteros ardiendo cuarenta días como en maldición bíblica. Pero esas nevadas en Fasgar vinieron siendo rutina en estos meses desde hace muchos siglos y su Campo de Santiago, donde nace el Boeza, acababa pareciendo puro glaciar con su yeguada a recaudo. Entonces, lo normal en nevadona era estarse quieto en casa una semana «u más» y de Ancares a Riaño fue la norma al haber contadas quitanieves que hoy, sin embargo, no son pocas y resuelven el trance en no más de dos días en los andurriales más perdidos... así que «paciencia y a barajar», nunca hubo otra. Recuerda un simpático omañés que, entonces, con la leche que no llegaban a recoger se hacía mantequilla o quesos; la nieve jamás libró de faena a todos los pueblos de antaño (y hogaño), resolviéndose lo demás con la vieja ley de las «tres bes»: brasero, bota y baraja, junto al «nunca nevó que no deshelara» y «a la cama pronto, que allí siempre hay algo que hacer». O como le decía una pispa paisana de Burbia a uno de Madrid que le planteaba «en las nevadas se quedarán a menudo incomunicados aquí, ¿no?»... ¿incomunicados nosotros?, dijo ella; incomunicado usted, que no podrá venir o volverse... nosotros ya estamos en nuestras casas, nuestros modos y rutinas... ¿incomunicados?... ¡ay, probín, qué pena me das!...