AL TRASLUZ
De la misma familia
Este martes, he conocido en Valladolid a Manuel Rodríguez, autor de «Gazapos y gazapillos en el Quijote». Un sacerdote nonagenario, hijo de leoneses. Tiene buen humor, buena memoria y el mejor ánimo. Como ya les adelanté la semana pasada, su fe le ayuda a tener el corazón sonriente. «En la estación me reconocerás porque llevaré una gorra muy mala de visera…» y de un rojo fosforito. que debió de ser también divisada por los astronautas desde la estación espacial; una vez reconocido, se la cambió —entre risas— por un gorro de lana. De camino al Museo Oriental, pues quería ser él quien me lo enseñase, me aclaró: «No soy cervantista, sino quijotista». Le respondí: «De la misma familia». Ante las vitrinas de este maravilloso museo agustino le iba formulando preguntas, no todas sobre el contenido de las mismas. Un sacerdote nonagenario ha visto mucho. Vivió 40 años en Estados Unidos, país grande… pero no tanto como ese territorio llamado condición humana. Cuando llegó, en los años sesenta, estuvo destinado en una localidad segregacionista, con fuerte influencia del Klan. Le preocupa mucho lo que ahora está ocurriendo allí. En sus homilías le gusta utilizar la actualidad, y en una reciente misa funeral en León comentó: «He pasado muchas horas de mi vida en aeropuertos y he observado a muchas personas despedirse. Solo te dejan acompañarlas hasta determinada zona, pero luego a través de ventanales puedes ver despegar el avión… y te quedas tranquilo cuando se alejan… así es también la muerte, les decimos adiós y ellos llegan a Dios…».
Comimos juntos y seguro que hizo mejor digestión de su arroz negro que este sexagenario de las alubias con chorizo y panceta. Conversamos acerca de la religiosidad de Cervantes. «Si don Quijote y Sancho eran religiosos, algo de ello procedería del autor, ¿no?», me razonó. En efecto, la misma familia.
La vida es una gran vitrina y don Manuel ha contemplado en ella muchas despedidas; pero holas y adioses son parientes, proceden de un mismo pueblo emocional. Regresé feliz, tanto que ya había perdonado que en León mi tren saliese con 20 minutos de retraso. Lo importante es llegar. No he estado en tantos aeropuertos como él, pero también tengo ya mis estaciones.