EL MIRADOR
La gala
Me habría gustado cubrir este año la entrega de los Goya y no solo por las películas, que eran todas muy buenas. Lo habría hecho mucho peor que mi compañera Rosa Palo, más sagaz y conocedora del paño, pero me hubiera encontrado como pez en el agua: la sosería es mi terreno y en un mundo tan confuso se agradece la previsibilidad y la agradable solidez de lo plúmbeo. Por un momento me asaltó la idea de que quizá Rajoy fuese el guionista, aunque las consignas en favor de Gaza y la escasez de retruécanos me hicieron descartar esa hipótesis.
La fiesta, sin embargo, tuvo algo de reunión anual de registradores de la propiedad con rumberos contratados. Luis Tosar fue en este sentido el anfitrión ideal: estaba como deseando que se fuera todo el mundo a su casa para poder peinarse las cejas e irse a dormir.
También me resultó curioso que en el ‘in memoriam’ solo aplaudieran a Robe Iniesta, al que una vez dedicaron un documental, mientras que Mariano Ozores o Manolo Zarzo, con tropecientas películas en su currículum, se marchaban al cielo sin que nadie resoplara.
Desde el punto de vista de la policromía, los ganadores fueron Óliver Laxe, vestido de Tarzán en Greystoke, y Albert Serra, que no se quitó esas fabulosas gafas de castigador que acaba de bajar del pueblo a la discoteca. ¡Qué pena de premio ex-aequo! Un debate entre los dos en el escenario, con un vibrante duelo final a esdrújulas, habría puesto un broche memorable a la ceremonia. En cuanto a las proclamas geopolíticas, estoy muy conforme con todas ellas, aunque me extrañó que nadie se acordara del Sáhara cuando en el patio de butacas estaba sentado un faro moral que algo sabe del asunto.