Cuerpo a tierra
La ciudad utilitaria
A los coches de lujo o de alta gama se les da un uso restringido a las grandes ocasiones. Para el uso corriente, hasta los más pudientes tienen un automóvil práctico, de bajo consumo, susceptible de aparcarse casi en cualquier sitio. Lo que viene a ser —aunque también haya distingos y clases entre ellos— un utilitario. El pragmatismo se impone porque es un argumento de día laborable, y los días laborables son los más abundantes en la existencia de las personas.
Por esa misma razón práctica, la mayoría de los ciudadanos aspiramos a una ciudad utilitaria, puesta al servicio no solo de los pies del turista sino del cuerpo entero del ciudadano que la habita todos los días y además paga impuestos en ella. Frente a la urbe utópica de los iluminados, como frente a la ciudad de Dios o celestial, la urbe pragmática del que, peatón o conductor, que casi todos somos ambas cosas, precisa un entramado lógico para sus tránsitos cotidianos, una red de comunicaciones ágil y sin rodeos estéticos, unos servicios eficientes y un paisaje amable de calles limpias e iluminadas. Eso es todo. Un imposible, por lo que se ve.
El modelo de ciudad cortés con las visitas que se está imponiendo, alentada por los mandamientos dadaístas dictados por las oligarquías en el catecismo 2030, consiste en un atropello sin prisa pero sin pausa de la locomoción, presuntamente en aras de disponer zonas con mantel para el turismo, que habrá de convertirse en el principal medio de vida de las viejas ciudades europeas. Es un modelo que ya se vio en la Cuba anterior a la revolución, luego replicado en Las Vegas: la creación de parques temáticos para el ocio, de extensiones dedicadas a la expansión sobre todo de las clases jubiladas del capitalismo. Todo lo cual presupone cierta especialización hedonista, la elaboración de una oferta con variadas diversiones a disposición de los ya no ciudadanos sino clientes: convertirse en el perfecto país o ciudad de servicios. En ello estamos. La veloz transformación de nuestra nación en un geriátrico hedonista, en retiro climático con derecho a asilo, en paraíso de quita y pon para la tercera edad, presupone también una dimisión del futuro, pues parte de asumir como un imposible todo desarrollo industrial y toda actividad productiva. El fin del proletariado, me parece, no era esto.