Diario de León

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Como vinieron estudiosos diciendo en un estudio muy estudiao que la Semana Santa deja unos ingresos en esta ciudad de hasta 16 millones de leandros (ooole), ahí se vinieron arriba las cofradías pidiendo más subvención, porrompompón, tira del bordón, que voy pa la Italia (¿dónde vas, amor mío, que yo no vaya?... ¡a que cante Roma bulas y privilegios!)... ¡subvención!, grita el tambor... ¡tararí que te vi!, dice el alguacil.

El que echa números «monicipales» se encara al pedigüeño y va sumando los dineros públicos que ya se destinan al santo tiberio: dispositivos policiales y despliegues de operarios con su cerro de horas extras, servicios, logística y vehículos, gradas y vallados, fuerzas armadas, los tres ejércitos en escoltas, galas y bandas, espacio público en exclusiva acotado, material móvil, operativos, protección civil, maceros... «y todo para una confesión religiosa y no otras, siendo todo lo público aconfesional por ley», dice un concejal laicista (y «de la cáscara amarga», precisó airado un abad de cofradía agarrando su báculo como con aires de blandirlo en busca de crismas moras y paganas). «Pues pidiendo como pedís, alegó el concejal, no es que parezca que os ha hecho la boca un fraile; a ciencia cierta que así fue, y cómo, boca de púlpito mediático y altavoz en cada esquina, cuánta boca, cielosanto». Pero no llegó la sangre al río porque un profesor de Historia que pasaba por allí rebajó altanerías que amagaban hostialidades pidiendo calma y memoria. ¿Quién se lleva crudos esos 16 millones?... Hoteles, restaurantes, bares y el comercio, indicó el concejal. Pues pídanles a ellos las cofradías lo pertinente y no al común... y reclame también el común lo impertinente por facilitarles el ampliar negocio con tantísimo espacio público que tan galanamente se les cede con tasa baja en terrazas y calzadas... y finalmente, hágase memoria con esto de repartir la tarta que ya lo fijaba León, por ejemplo, imponiendo en el siglo X a los carniceros que entregaran cada año un toro a la ciudad para lidiarlo, burlarlo y apiolarlo en los ejidos, haciéndolo después chuletón con gran fiesta en comidorra vecinal. Así pues, el que tanto gana, ¡que apoquine!... y no haya más.

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