Diario de León
 Lolo 17-2-1986

 Lolo 17-2-1986

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¿Vivir durante 120 años? Según el Guinness World Records, sólo una mujer lo ha conseguido. También un diario que no ha faltado a la cita en el kiosko y, últimamente, en la órbita digital. ¡Felicidades a todos aquellos y aquellas que lo han hecho posible desde aquel tres de febrero de 1906! Con un acento especial, doy la enhorabuena a los que hoy mismo mantienen su latido de actualidad, formación y entretenimiento.

En mi actividad pública y eclesial, no me siento cómodo cuando me sitúo ante una cámara o ante un micrófono. No me gusta ni verme ni oírme pasado el trago. Y, aunque el ordenador en cierto modo me sirve de burladero, también ahora siento un cierto pudor al hablar de mi tarea, puesto que casi siempre resulta imposible separar lo que se hace de lo que se es. En cualquier caso, en estos momentos en que se constata el número creciente de personas que buscan a Dios, quiero ofrecer el testimonio personal de cómo lo he encontrado a través de personas e instituciones decisivas en mi vida y en mi servicio: la familia, la parroquia, la escuela, el seminario, el presbiterio y el colegio episcopal. No quiero ocultar tampoco el sueño de que mi testimonio sirva para que algún niño o joven se pregunte para quién quiere vivir. Y, si la respuesta es «para el Señor en los hermanos», mejor que mejor.

Mi primera confesión es que me siento muy orgulloso de ser leonés. Lo soy porque nací en un pequeño pueblo de la ribera del Luna llamado Selga de Ordás. En él aprendí lo que es la vida sencilla y familiar. En mi mente se mantiene fresco el recuerdo de una familia sencilla en la que se rezaba el rosario, se participaba en la Eucaristía dominical, se respetaba y valoraba al sacerdote… También recuerdo con gratitud a D. Julio, el párroco que me enseñó el «catecismo» y me permitió hacer de monaguillo. No me olvido de la maestra, Dª Tere, y su preocupación constante por que adquiriéramos las herramientas necesarias para crecer como personas y, particularmente, como cristianos. Su mediación fue fundamental para que mi deseo de ser sacerdote comenzara a realizarse. Quede pues constancia de que familia, parroquia y escuela fueron la mediación de la que Dios se sirvió desde el principio para dar un sentido vocacional a mi vida.

Mi recuerdo agradecido se dirige ahora al Seminario. A los once años, me trasladé a la capital leonesa, realicé los estudios correspondientes, y fui ordenado sacerdote junto a otros cinco compañeros, en el año 1980. El Seminario ha sido otra institución fundamental en mi vida que adquiere sentido en aquella decisión del mismo Jesucristo que, cuando llamó a los primeros discípulos, los invitó a convivir con Él para que aprendieran su modo de pensar, de sentir y de vivir. Todo esto tiene sentido, puesto que estamos llamados a ser sacramentos vivos de Jesucristo, manifestación palpable de su amor por todos los seres humanos y, en especial, por los más pobres y excluidos. Siendo para el Señor, nuestra vida alcanza la mayor dignidad y presta el mejor servicio a los heridos por el pecado que nos aleja de Dios y de los hermanos.

La tercera etapa de mi vida ha tenido la impronta del servicio como sacerdote que he desempeñado entre los años 1980 y 2014. Siempre a disposición de lo que la Iglesia me pedía a través de los obispos Fernando Sebastián, Juan Ángel Belda, Antonio Vilaplana y Julián López, mi tarea se centró especialmente en el Seminario, en las parroquias y, finalmente, en la Curia diocesana. En todo momento traté de estar en comunión con mis hermanos sacerdotes haciendo del presbiterio diocesano reflejo del grupo de los doce apóstoles en torno a Jesús. A todos los que formaron y siguen formando parte de él me siento muy unido, por todos, rezo, y a todos les agradezco su acompañamiento y apoyo.

La última etapa de mi ministerio comenzó el año 2014. El 8 de febrero de ese año, en la Catedral de Santiago de Compostela, de manos del arzobispo Julián Barrio, recibí la ordenación episcopal que realmente supuso un cambio radical en mi vida y ministerio. El Colegio episcopal pasaba a ser la nueva familia que el Señor me ofrecía para el acompañamiento y el servicio pastoral. Ejercido primeramente como obispo auxiliar en la archidiócesis gallega y luego como obispo residencial en Astorga y actualmente en Córdoba, me ha permitido abrirme a una Iglesia sin fronteras que, aun siendo limitada y pecadora por estar formada por seres humanos, tiene un patrimonio cultural, cultual, caritativo y social enorme y que, sobre todo, atesora la santidad de innumerables hijos de Dios y hermanos nuestros que nos iluminan y guían con su testimonio de vida.

Para concluir, quiero agradecer a Dios la infinita paciencia y misericordia que ha tenido conmigo. Al mismo tiempo, deseo mostrar mi gratitud hacia obispos, sacerdotes, consagrados y laicos de todas las diócesis señaladas. Gracias a todos los que han querido acompañarme en el camino. También a Diario de León por brindarme esta oportunidad que se une a otras muchas. Recuerdo, por ejemplo, aquella viñeta dibujada por Lolo y situada en la contraportada del periódico (17.II.1986), en la que el lanzador de un penalti se quejaba al árbitro porque, en mi condición de portero, me veía beneficiado por la presencia de dos ángeles cubriendo los ángulos de la portería. Como se ve, la presencia de Dios puede resultar apasionante como tema, incluso en el mundo del fútbol. Imaginaos lo que será encontrarse con Él y gozar de su guía y amistad. Gracias a todos.

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