Y de repente...
Vencejos en estos cielos... Cada vez que se repite un fenómeno natural la vida bebe esperanzas. Da seguridad ver las cosas en su sitio, incluso cuando marzo mayea y mayo marcea. Llueve en mayo si abril tacañeó, ¿y qué?... Llega el vencejo dos semanas tarde, ¿y?... Aunque es cierto que su población disminuyó algo, veo sobrevolando el jardín de San Francisco y las casas arruinadas que ciñen Las Cercas un buen bando como todos estos años, chirriando como chavalería que sale alborozada al patio del colegio. ¿Hay mejor noticia?... Recorren el aire con velocidad de flecha, alas de sable, zampando lo que pillan al vuelo y controlando el exceso de mosquitos. Nunca se posan. No paran jamás. Y sigue admirándome esa característica suya de dormir en el aire subiendo a dos mil metros al oscurecer y relajando su frenético volar hasta que el amanecer les devuelva a nuestros ojos, tanto como me admiran que las liebres duerman con los ojos abiertos. Vencejos, qué buena señal.
Recuerdo oír de guaje que los vencejos podían cazarse lanzándoles una gorra cuando raseaban la pradera para zampar saltamontes e insectos voladores, pues al derribarles al suelo no pueden levantar el vuelo por tener las alas muy largas y las patas demasiado cortas, cosa que tampoco es tan cierta; un vencejo en plenas facultades puede levantar el vuelo desde el suelo. Intenté una vez cazarlos con boina y nunca vi cosa más inútil, desistí al poco. Lo que parecerá sorprendente es que, sin embargo, sí logré cazar cinco vencejos ¡a caña!, uno tras otro. Pescaba yo en el Órbigo. Tarde de agosto, frío en el rostro, mucho, y aún más en las alturas donde el vencejo no olía mosquito por no eclosionar y raseaban las tablas del río esperando las efímeras que ahí sobrevuelan. Y tampoco. Así que al ver volar los cinco mosquitos en la cuerda de mi caña, se lanzaban a ellos como locos quedando prendidos en su anzuelo. Tras liberar al primero y reanudar su vuelo, repetí el engaño por divertido con igual resultado... y uno, otro, otro más... y tres golondrinas. Y aunque volaron después tan pichis, su lengua o comisura quedaron algo heridas... ¿cómo no reconocer después que lo mío fue salvajada?...