Canto Rodado

Ana Gaitero

Redactora De Sociedad

Un paraguas comunitario

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El sol nos abrasa. Y la sombra, o un chorro de aire, son artículos de lujo en los nuevos veranos. Me refresco con la relectura de Estampas de Babia, libro de Guzmán Álvarez que merece ser reeditado, como su autor debe ser reconocido y recordado.

Y leo: «Se presentó el mediodía. A esa hora ya no hay sombra en aquellas alturas, mas tampoco se busca: el viento fino lo refresca todo y hace que el sol brille más. Solo las ovejas, en manifiesto ejemplo de comunidad, hacen mutua sombra para sus cabezas. Y a ninguna se le queda al sol». La mirada del filólogo y escritor de Cabrillanes (La Riera. 1910—Utrecht. 2004), catedrático de la Universidad de Utrecht y autor e

El habla de Babia y Laciana, capta la esencia del rebaño en tres palabras: ejemplo de comunidad, y se aleja de los tópicos de borregas y tontas. En el imperio de la individualidad cualquier rasgo de apoyo mutuo es una herejía para el capital, salvo que el común lo use para su beneficio y se lo apropie como están haciendo con montes, valles y tierras de labor. Siento ese viento fino vivificante en cada letra de la estampa. Recuerdo las estadísticas que dicen que mata más el calor que el frío y que las guerras y el hambre siguen matando. La sombra mutua sobre nuestras cabezas es más necesaria que nunca: para desactivar las bombas y para compartir alimento; para no dejar de asombrarse por los crímenes que deshumanizan a millones de víctimas; para acabar con los amaneceres homicidas y los atardeceres de personajes delirantes. La sombra mutua, el paraguas de la comunidad, va a ser clave en la supervivencia de la especie; porque el planeta, aunque sea maltrecho, nos sobrevivirá. Como dejemos de darnos sombra mutua, nos abrasarán con el sol del fascismo que calienta el planeta para la gran distopía. Implantarán políticas de la crueldad: pagar menos a los trabajadores de baja por enfermedad que, por la gracia de Feijoó, recortaría el sueldo de una madre mientras Ayuso repica las campanas con el concebido. La comunidad es la puerta a la utopía. Como esa ventana que abren en la pradera de Santa Marina, de Quintanilla de Babia, el próximo sábado 18 de julio, para recordar la antigua costumbre de la feria donde vendían y compraban aperos o unos ganados pequeños. La memoria vuelve sobre la pradera con el eco de esa «raza de pastores que perdió su libertad cuando perdió sus rebaños y sus pastos», estirpe que bautizó Julio Llamazares en

La lentitud de los bueyes y cuyas huellas buscan en Babia los arqueólogos del Incipit-Csic que agitan la vuelta de Santa Marina con la comunidad local. La feria se perdió en los años 60. Mucho antes, el 18 de julio de 1936, cuando aquellas gentes bailaban y cantaban, el acordeón del proyecto humanizador de la II República dejó de tocar definitivamente y el ‘se acabó’ del golpe militar arrebató el progreso a todo un país. Y 90 años después aún nos falta su memoria.